In corpore sano

Publicado: 24 octubre, 2010 de Frankie en Devaneos

Aquella tarde frente al médico, el bloguero que os escribe y os quiere recordaría el encadenamiento de circunstancias que le llevaron al status de paciente cenizo. Para empezar, una salidita inocente de fin de semana donde hubo una estimación del riesgo inadecuada al saltar desde una altura de dos metros. A cualquiera puede pasarle ¿o no?

Se pensó, por parte de quien ejecutó el salto, que el matorral debajo presente amortiguaría el peso y, efectívamente, lo hizo para un solo pie. El otro, fue más desdichado e intimó con la roca que había debajo, convenientemente oculta y aplastantemente sólida, lesionándose la talonera. Es lo que tiene el cariño geológico…

Como es obvio, no hubo más remedio que procurar el traslado a una sección de urgencias, la cual mostraba la dotación humana acostumbrada para el fin de semana: un solo traumatólogo para todo el rebaño de escoñados.

Arrancaba así, la primera estación de un camino de desdichas, con las paranoias acostumbradas, al estilo de yo estaba antes que el gordo con barba y porque lo llaman a el. Son estas reflexiones las que te muestran clarito que no eres el centro del universo, a pesar de lo que mi madre me decía ¿me mintió?

Nunca lo sabré (ni preguntaré) pero sí que supe, claramente,  que contarle a una traumatóloga el porque tenías el talón como lo tenías era una invitación a que compusiera el gesto de “cuanto gilipollas patoso hay cayéndose por ahí, dioss, para que escogería este  trabajo…”

Y ponerle de tal humor exigía su precio: un diagnóstico de “fascitis plantar con hematoma agudo” y a chupar rehabilitación. Menos mal que salvamos el hueso…

Los recuerdos de los días posteriores en la clínica elegida para la tal rehabilitación son borrosos pero lo sé, sé que pasó allí. Allí fue donde un fulano  -al que daban corrientes por los bracitos-  estornudaba como un poseso y esparcía alguna variedad mutante del virus del resfriado. En aquel lugar y mientras rodaba una pelotita con púas de goma bajo el talón, acogí la segunda afección que días mas tarde me noqueaba.

Cojear y encima estar acatarrado es una situación que te retrotrae a la prehistoria de la salud, cuando la gente de mediana edad -de los mayores ya ni hablo-  pateaba las calles multiafectada y se pensaba que debía hacer penitencia y que esto era un valle de lágrimas, pues polvo eres y polvo serás y como no eches un ídem en amargado te convertirás.

Y voilá, llegados aquí, contad si son tres y ya está hecho. Tres amarguras, la última en forma de faringitis aguda consecuencia del resfriado, como me dijo aquella tarde al principio mencionada un médico, mostrándole yo la garganta con el humillante “aaah” y saliendo con el talón dolido y una receta de antibióticos para la calle. Después de todo esto, creo que amo el Otoño profundamente, amo las rocas ocultas en los matorrales y también a la humanidad que estornuda.

Un saludo con teclas tontas y que todos nos pongamos buenos, criaturas queridas.

 

Editando (que es gerundio): quien lea esta entrada también debería leer, inexcusablemente el comentario de Itagua, donde se refiere, ejem, a un primo suyo, obviamente no a mí.

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comentarios
  1. Kotinussa dice:

    Siempre he pensado que el campo es un lugar muy insano. No sé por qué se lo recomendaban a los enfermos. Bueno, sí lo sé. Porque eran tiempos pre-científicos, donde las supersticiones pesaban más. Y esa era una de ellas.

    El campo sólo es bueno para ALGUNOS animales, ni siquiera para todos. No digamos ya para las personas.

    A ver si te sirve de escarmiento (me siento como las madres espartanas diciéntote esto en lugar de compadecerte).

  2. itaqua dice:

    Desde luego son desgracias tontas pero propiciadas por tu resistencia a ser actual y toda la movida. ¿Qué clase de cerebro hay que tener para dar saltitos imitando a un primitico Conan sin las condiciones exigidas para ello? En primer lugar, tanto correr no es bueno para la salud. También, el salto del tigre ya se vé que no es lo tuyo, oh, Leónidas. Debes estar adiposo oara que se te escoñe el pié ante tan insignificante altura. No habrás practicado el suficiente ejercicio aeróbico ni cardio vascular durante años o mesess anteriores y no te habrás efectuado la depilación integral debido a tu cateta resistencia a la verdadera estética masculina, so rústico. Con todo ello, no es de extrañar que te escoñes y ofrezcas un lamentable espectáculo de piés jodidios y piernas cromagnolescas, oh, cazurro… tu resistencia a la modernidad masculina liberada de prejuicios añejos y catetos te ha conducido a una subjetividad alimentada por prejuicios que te provocan una dicotomía entre lo que quisieras y a lo que te resistes… menuda neurosis… y todo a priori, chúpate esa. Tampoco habría que pensar que este apriori consiste sólo en contenidos represores sino que la adquisición de éstos y el modo como fueron adquiridos, amplían o estrechan (dispensaré las metáforas espaciales) la subjetividad de diverso modo y a diverso nivel. Hay, pues, experiencias fundantes (supongo que la herencia de la mentalidad franquista en todos los spañolitos por mucho que lo nieguen, yo incluído) cuya producción o tambien, también su ausencia y cuyo modo determinan las dimensiones de esa subjetividad tuya, oh, atlante arrepentido, sujeto carente de experiencias estéticas contigo mismo (objeto y espejo) por lo quedas caracterizado por una determinada incapacidad, a lo mejor no en el mismo orden al que hubiesen pertenecido las experiencias fallidas. sino en otro, subterráneamente comunicado con él, y viceversa. la abundancia de experiencias fundantes en un orden pueden enriquecer y ampliar las capacidades en otro distinto y esto se explica por la organización estructural de la subjetividad de cada uno. oh, melindroso, donde cada punto se haya relacionado con todos los demás, y el todo afecta a y se halla afectado por cada uno de sus elementos… y no sigo, pero te digo una sóla cosa más, oh, edúrnero: Disfruta de tu cuerpo en la salud y en la enfermedad y aplícale unas dosis de estética masculina antes de que sea demasiado tarde y patéticamente quieras hacerlo cuando la edad te alcance, oh, matusalén.

  3. Sr. IA dice:

    Le deseo a usted cien años de salud.

  4. francissco dice:

    Kotinussa: Gracias por precisar que no todos los animales deberíamos estar sueltos por el campo, ja, ja, te aseguro que de esta manera se escarmienta que no veas

    itagua: Mi caída obedece, precísamente, a que muestro las características de la modernidad masculina, a saber: cuerpo perfecto y entrenado (nada de esas insidias de “adiposo”) pero no obstante con su puntito de fragilidad y vulnerabilidad, ese que te hace irresistible al sexo contrario. Nada tan encantador como un Adonís que, no obstante, puede sufrir dolor. Se encarna así, el equilibrio perfecto entre exuberancia y humanidad, ale (los antibióticos se me suben a la cabeza, podría ser…)

    Sr. IA: idem y que los dsfrutemos.

  5. padawan dice:

    Ay, ay, ay, de los peligros del campo los peores son, siempre, siempre, los que están ocultos por un matorral. Espero que hagas caso a Itaqua y no tropieces dos veces con la misma piedra y puedas recorrer los bosques como él los recorre con pies de fuego, su hercúleo torso aceitado reluciendo bajo los rayos del sol otoñal, Itaqua y tú, corriendo del bosque de la mano, disfrutando de tan viril actividad como dos Apolos salvajes, él tu Aquiles y tú su Patroclo.

  6. knut dice:

    Que el campo es bueno SÓLO para ALGUNOS animales es un hecho cierto, sí señor, sin más lejos yo vivo en uno y me va estupendamente. Desdichadamente los matorrales aún no han descubierto las bondades del cultivo hidropónico, pero en todo caso hay mucho pueblerino malsano, cateto de psicosis mayúsculas que va sembrando los arbustos melifluos de piedracas de afilados dientes. Imagíname riendo en sordina mientras preparo una suculenta trampa pensando en el profesional de ciudad que no podrá evitar la necesidad de emular a los onvres de verdad (pronunciese jonvres, que si la h no sale hay que pronunciarla), porque es sabido que las piedras del campo son pomez si acaso y que debajo de ellas nunca hay bichos, del mismo modo que todos los matorrales son algodonosos en su tacto.

    Lo único que espero es que no seas fan de Mar adentro, o como la titularon los suizos Llanto con una sonrisa.

    En fin, a comer cosas ricas, es lo que toca.

  7. francissco dice:

    Padawan: Aceitarse el torso conlleva riesgo de atraer más moscas que Jesulín de Ubrique cuando merienda pero se podría probar. Ah , y que sigas disfrutando de “300”, Espartaco y similares, je, je 🙂

    Knut: Juas, juas, juas lo de las piedracas es cojonudo, que cabroncete, ja, ja. Es una de las escaramuzas de la eterna guerra Campo/Ciudad, que se extiende a lo largo de todas las épocas y lugares, como la de las Serpientes/Arañas de Leiber.
    Y ciertamente, yo siempre he pensado que los Rurales tenéis una maldad insuperable, producto del resentimiento porque siempre os multamos cuando venís a la City, además de no dejaros entrar con las mangueras de regar a las dependencias oficiales. Y me temo que esta es una guerra sin armisticio ni cuartel.

    El campo para mí es el paraíso perdido y el anhelo. Lo veo en verano y luego en fines de semana arbitrarios. Y encima ahora me escoño.

    Un abrazaco.

    • Errantus dice:

      De lo que es capaz alguien por volver a ver a una médico. Antes no decidiste escoñarte algo más. Ya te veo como el juego de “Operando”, donando un riñón, pidiendo un bypass gástrico o lo que sea a cambio de volver a ver a la colega de Gregory House. Esperemos que no te de por seguirte sintiendo Heidi y dejes a Copo de nieve en su lugar.

      • francissco dice:

        Tenías que desenmascarar mis móviles, aaay. Pero es que era una madurita atractiva, que me presionaba por diversos lugares “por si hubiera lesiones ocultas” y en fin, para qué seguir; la batita blanca, el escote tenso. Nada que no cure una ducha fría, supongo. Besazos.

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