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Angel oscuro.

Publicado: 14 septiembre, 2011 de Frankie en Años idiotas, la epopeya, Road movie

Chica de ningún lugar. (Años idiotas. Final) BS: nowhere-girl-b-movie

” Aquí tienes un cuartito muy mono, con su baño y todo. En esta parte de la casa no vas a escuchar ruido ninguno. Te puedes duchar, y si quieres, te pones más tarde algo mío de calle, para que no tener que ir…así, jaja. Hasta luego y que descanses” -dijo Mila a Angie.

Le llenaban la cabeza multitud de imágenes y deseos en pugna. En realidad, ya estaba acostumbrada porque su cabeza era así, pero esta vez la frustración de no haber follado con Frankie  -como hubiera deseado-  casi le provocaba dolor. Se tumbó en la cama y se desató los botines; a ello siguieron la faldita, las bragas y el top. Se metió una mano por el suje y se agarró los pezones y empezó a masturbarse con la mano contraria.

Le excitaba verse así, a medio desvestir, con las medias puestas y el sexo al aire. Se puso de costado tumbadita y “trabajándose” con fruición. Se imaginaba que Frankie la tomaba y la levantaba, tal cual hizo al meterla en el coche a la fuerza. Y que luego la había tumbado y la penetraba por detrás, abriéndole las nalgas hacia afuera con las manos. Y los amigos de el miraban, aiis…

Pronto se notó mojadísima y con el clítoris como una ciruela, buuf. Notaba durísimos los pezones y casi tuvo que dejar de tocárselos. Y odiaba haberse olvidado el consolador, dioss, pero no todo se puede llevar encima, caray. Necesitaba algo contundente para meterse en la vagina o quizá no dormiría, sospechaba ella. Terminó empapada en sudor y entró en la ducha mareada.

Masturbarse: un homenaje a la humedad que sintió en la entrepierna cuando fue levantada y metida en el coche. De resultas de ello, fue mojadita y confundida hasta casa de Mila. No le hacia mucha gracia excitarse de aquella manera, francamente. De hecho, era ella quien gustaba de dominar, y en cualquier otra ocasión le habría partido la boca al gilipollas que la hubiera violentado. Se pasó lo que restaba de viaje con cara de perro y despidió a su ¿amiguito? con frialdad.

En realidad, no sabía muy bien qué pensar de sí misma. Había entrado esa noche en Chocolate con novio -Quique- y le había jugado una trastada.  Ella misma se encargó de coger en un mismo trocito su dosis de LSD y la de el, “premiándole”  en el reparto con el mayor trozo, jeje. Quique venía desde Alicante adrede por ella, pero la estaba empezando a aburrir.

Mientras se enjabonaba los senos -todavía reventones tras la autoestimulación-  recordaba la cara de el, cuando “aquello” le subía más de lo esperado y dijo -pálidísimo-  que se iba al baño y que -si se encontraba muy mal- pediría que le llevaran a casa de Carlos a “dormirla” (si aquel estado le permitía dormir, claro) Carlos -aclaración precisa-  vivía con un hermano que casi nunca salía.

Y bien, resulta que no echó a Quique de menos lo más mínimo y sí, por contra, al conductor de la noche, a quien después intentó apartar por todos los medios del resto del grupo. Qué casualidad más desquiciada que su Papi Cerdo apareciera mas tarde en escena y le diera una excusa, ja.

Y aquí y ahora, recién duchada y en casa ajena, se hundía en  sueños:…le agarraba el pelo a Frankie dentro del coche…y el estaba desnudo…y su padre los bloqueaba en la carretera con el bus…y Frankie vomitaba…

Aaah, uuf, una puta pesadilla, ostiass. Despertó y ya eran casi las tres del mediodía. Había prometido llegar a casa para comer, cuando acabara de “estudiar” con su amiga. Salió con los senos bamboleantes por el pasillo de Mila y en la casa no se oía nadie. Pero descubrió un hatillo de ropa y unas zapatillas junto a una nota:Creo que son de tu número. Llamó Pere preguntando por ti pero no le dije nada. Que le llamaras, dijo el. Besos.

Aay, Pere, el “puertas” del Spook.  Era un amor y un pollón, jaja, cierto,  pero también y cada vez más, un posesivo y un soso, con menos imaginación -en todo y para todo-  que un caracol, aah. Vestida de calle pilló un autobús y se plantó -por fin- en casa, teniendo la bendita suerte de que su padre estaba de ruta, su madre con jaqueca y la comida apartada a un lado.
No se creía su buena suerte, caramba: ni explicaciones ni suspicacias. En cuanto a Elena, sería ejecutada mañana cuando la viera en la Facultad,  pero hoy todavía no. Esa tarde había que actuar y bien rápido. Ven aquí, teléfono mío…

-“¿Carlos?”  preguntó a la voz que contestó. En aquella casa se había visto con Quique las tres o cuatro veces que salió con el…

-“No, soy Chema  ¿eres Angie?”  Qué fastidio, leches, era el molusco del hermanito. El mismo que de seguro se la cascaba a escondidas cuando la veía con Quique por allí…“Oye, Angie ¿tu que sabes de mi hermano y  Quique? Es que no han vuelto aún y son casi las cuatro y media  ¿No estaban contigo?”  Mierda, dioss, la Banda del Empastre todavía perdida y un hermano que hacía de madre…

“Yo me vine con Frankie, no sé nada de ellos (ni me importa un ovario) y era para ver si tenías su tfno (el de Frankie) Sé que Carlos lo tenía por una agenda ¿lo miras, porfi, porfi?” (esto último con voz meloseta…) “Síi, apunto, eh xxxxxxxxx. Vale, gracias, machote, nos vemos” (y procura no matarte a pajas, anda).

Y en casa de Frankie no contestaba nadie. Raro, rarito. Aunque desde que lo conocía y ahora que lo pensaba, con el pasaban siempre cosas raritas. La pasada noche era buen ejemplo de ello, uuf ¿Y acaso no lo había visto arrojar unos planteles o así a un contenedor? Dioss…

Al final dejó un mensaje en el contestador: –“…eh, esto es para Frankie. Eh, nada, que estaré, estaremos en el Babia. A eso de las siete y media”. Ya estaba. Y joder, vaya desastre. Titubeante, farfullando ¡Y ni siquiera había dicho quien era!.

Bueno, la reconocería ¿Querría ir? Pero había que seguir llamando gente…

-“¿Pere?” 

-[…tras un rato de quejas y trivialidades insoportables…] “y es la última vez que te paso al Spook con otros tíos. Que se ríen de mi, joder. A ver señora ¿a cuantos te has cepillado esta noche?

-“Pues mira, a todos menos a tí, ya que preguntas. Joder, eres la primera persona que llamo al despertarme y me das por saco y me jodes de esta manera. Solo quería saber si me recogías y nos ibamos al Babia sobre las siete o así, pej,  O sino, las cositas que te gustan que te las haga Maria Martillo la de la verbena. No sé, tu verás”...

Pere cedió, claro. Le tenía pillado el punto. Y el nunca la levantaría en vilo desconsideradamente…

Y en ese momento llegó su padre…

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BS: nowhere-girl-b-movie

(Final B en progreso. Algunas ficciones pero con fondo real y no desvelaré donde acaban las unas y empieza el otro. Eso pasa por pedir continuaciones. El no ser un profesional me impide abreviar, sorry, estoy condenado. Besos y saludos.)

Domingo de nauseas (2)

Publicado: 8 septiembre, 2011 de Frankie en Años idiotas, la epopeya, Road movie

Chicas en casa. [Años idiotas. Casi el final].

-“Ja, ja, se ha puesto blanco. Frankiii, para si te encuentras mal pero no nos mates, anda”.  Yo me notaba toda la cena de la noche anterior agolpada y haciendo presión para salir.  Si no encontraba pronto algún apeadero y vomitaba, la cosa podía ser terrible…Pero menos mal que apareció una gasolinera, uuf.

Entré en la misma pegando algún que otro bandazo y me arrimé a un margen. Abrí la puerta sin apagar el motor siquiera y me lancé hacia una farola con agonía. Apoyé la mano en ella y…aaah, al fin la liberación, de la cual evitaré dar detalles, tranquilos. Cuando me limpiaba con un pañuelo y me dirigía otra vez al coche, escuché que me decían: -“Noo, hay un lavabo al lado, pasa antes y límpiate bien la cara, porfa “

Bueeno, le haremos caso, pensé. Todo sea por el amor. En fin, después de lavarme salí de nuevo a la carretera. Por el carril contrario venía bastante tráfico, el típico de los domingos. Familias con críos, gente con bicicletas  y ciudadanos que habían pasado la noche durmiendo en casa y evitando las drogas. Yo me puse las gafas de sol y reparé en que mis dos acompañantes habían hecho lo propio, quedándoseles  el rostro sin expresión. Esto último me desasosegaba un tanto.

Porque resulta que habíamos vivido juntos un sábado noche de auténtico infarto, caray. Y Angie -y también Mila- habían pasado de estar solícitas y cariñosas a sumirse en una especie de autismo camuflado de sueño, parapetándose tras sus Rayban. Angie había cerrado los muslos y se había arreglado la faldita,  cruzándose de brazos y rechazándo así la mano que yo le había puesto encima, ah…

La posterior llegada a la ciudad las activó como un resorte y se espabilaron casi a la vez, aunque Mila tan solo para cambiar la cabeza de ventanilla. Angie me hizo entrar por cierta calle: -“Voy a ponerme mi ropa “normal”. La tiene Elena en su casa. Iba a venir pero se encontraba mal, ya sabes”.  Salió escopetada hacia un patio y se puso a aporrear un timbre con saña. Como nadie respondía empezó a dar paseítos nerviosos por el portal. Una señora que salía la miró con cierto susto y mi amiguita lo aumentó más todavía, al meterse dentro nada más abrir la mujer.

Lo siguiente que vió la señora fue mi rostro (pelos salvajes y gafas de sol) y a Mila, dormidita y apoyando en la ventanilla sus cabellos vampirescos a lo Siouxie. Percibí por el retrovisor como componía un gesto de cierto horror, seguramente el mismo que cuando llamaba a las fuerzas del orden. Y también descubrí algo surrealista, cielos. Era una especie de ramita que salía por detrás, por la puerta del maletero ¿Qué demonios era? ¿Acaso lo había llevado toda la noche sin saberlo?

Cuando abrí el maletero y ví lo que había me quedé estupefacto: allí dentro se hallaba una especie de armazón de cartón, dividido en una cuadrícula, de la que salían ramitas ¿Que coño eran? ¿Planteles? ¿Y quien lo había metido en mi coche? (1)

Agarré aquello y lo tiré a un contenedor que había al lado, dejando tierra por la acera. Interrumpiendo mi confusión, Angie salió velozmente del patio (se movía siempre muy rápido, no sé…) y se puso a gritar: -“¡Pedazo de cabrona, quedamos en que esperarías a que yo volviera para coger mi ropa, jodeer…y ahora qué…! . Miraba hacia arriba, atrayendo la atención de los viandantes, muy puesta en su nueva faceta de verdulera matinal. Fue en ese momento cuando algo me hizo “click” respecto a ella. Levantándola casi en vilo la metí dentro del coche apreciando -dicho sea de paso- lo durita y maciza que estaba. Era grande y pesaba, cielos, uuf.

Aún no comprendo exactamente porqué hice eso. Quizá porque ya estaba un poquito harto de que me llevara de aquí para allá a cada momento. Como ella, al parecer, no se esperaba esta reacción mía, se dejó meter en su asiento como si no tuviera voluntad. -“Aquí no me montes el pollo, cariño, que algunos me conocen”. Y diciéndole esto -y no reconociéndome a mí mismo- arranqué de allí, porque era cierto que me conocían por aquella zona y noté que alguno que otro salía a la ventana.

-“La madre que la parió…”  seguía quejándose, no obstante.
-“Vente a mi casa, duermes algo y luego vuelves a ver, anda”
intervino Mila, con voz estropajosa, a aquellas alturas. A mí me dirigió una mirada rápida y desconcertada, como si de pronto fuera un desconocido para ella.

Y pronto nos encontramos en la calle donde Mila me señaló que vivía. Yo notaba una sensación de pérdida y de fatalidad cada vez que miraba a Angie, la Chica Dinamita. Tenía en su rostro una expresión bastante dura que me intimidaba, al tiempo que se abstraía en una uña rota. Pensé que de haberse resistido no habría podido con ella pero -quizás por la sorpresa-  se sometió mansamente.

Salieron las dos y hablaron algo. –Mi marido está en casa decía Mila, mientras me miraba fugaz. –“y está, ya sabes…” y aquí dejó caer una risilla haciendo con las manos el gesto de un nudo. Y en ese momento, Angie se rió. Se reía bastante fuerte y el ceño fruncido desaparecía. No me lo esperaba. Se dirigió a mí y me dijo: –“Estoy muerta, nano. Besitos. A la tarde/noche estaremos en el Babia…” Y me besó, se giró rápido (eso siempre) y se fue con Mila…

Y yo me puse a buscar unas putas llaves dentro del coche…y a pensar en amigos abandonados…

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(1)  Mi padre lo había metido el día anterior por la tarde (eran tomateras) y se olvidó de decírmelo. Su coche estaba en el taller y agarró el mío. El pensaba coger mi coche el domingo por la mañana y llevar el plantel al chalet. Ofuscado yo por la falta de sueño ni se me ocurrió.

Banda sonora: Serious -UV pop

Gracias por la paciencia y el interés. Saludos con resaca.

Domingo de nauseas (1)

Publicado: 1 septiembre, 2011 de Frankie en Años idiotas, la epopeya, Road movie

Sunday Morning [ años idiotas. Continuación]

Aquella bebida “energética” que me había tragado empezó a despejarme algo, al poquito de arrancar el coche, con Angie y Mila dentro del mismo. Angie estaba otra vez al lado mío, con el asiento reclinado y despatarrada. Mila había entrado en tromba en el Ford y se había tumbado atrás, cuan larga era (y mira que lo era).

-“Tira para la zona de la calle Bilbao y ya te diré, tío.  Si me duermo no te importa ¿verdad?”. Así me dijo Mila y se envolvió con la cazadora. Yo me notaba taquicardia por más de una razón. Aquella última bebida -para empezar-  ejercía un efecto acelerante,  a su vez Angie me acariciaba y estiraba suavito el pelo y Mila había empezado a liar un porro. No me había encontrado en semejante situación en bastante tiempo y buscaba la salida del párking, esta vez en estado de sobreatención con el efecto del LSD, al parecer, remitiendo.

En la salida había cola de vehículos, esperando incorporarse al tráfico de la autovía hacia Valencia. Ví que una pareja de tipos a pie se intercambiaban bebidas y, oh, cielos, pero qué casualidades tiene la vida. Porque uno de ellos era bien fácil de reconocer, por llevar un camal del pantalón sucio, al estilo fango gris fashion. Juanmi (quien sino) para colmo, se volvió cuando yo ya estaba a punto de salir y se me quedó mirando pasmado.

Desde donde nos miraba se divisaban perfectamente las dos musladas gloriosas, las de Angie y Mila. No acerté  mas que a hacerle un gesto de “espera que ahora volvemos” (sic). Tenía los ojos saltones y brillantes y no apostaría precísamente por su lucidez. Rematé la despedida con el pulgar hacia arriba y hubo suerte: el me hizo el mismo gesto -con cara un tanto perpleja, todo hay que decirlo-  y yo salí al asfalto como alma que lleva el diablo. Y al hacerlo Angie intervino, soltándome en ese momento una frase que me puso más rojo que un tomate:

“Tío, controla, no aceleres tanto y no hagas el bárbaro con el coche como antes. Te advierto que como corras mucho no mojas hoy…” Y así diciendo empezó a reírse como una descosida, la muy borde. Mila la secundó a carcajadas y apenas podía liar el porro, vaya apuros para un tímido, señor, señor.

Porque, llegados a este punto, es preciso aclarar que yo no tenía todavía relación alguna con Angie. Estaba muy buena y apetecible, sí, pero se relacionaba con todos de forma fraternal, como una “colega” más. Si aquella noche estaba sola con tanto tío se debía a que una amiga -con la cual “estudiaba”- al final falló.

Y francamente, yo no sabía que pensar, si sería cierta la promesa de “mojar” o sería una broma. Respondí con un: “seré bueno, corazón”, para quedar elegante (espero). A todo esto, el aroma del porro de Mila pronto llenó la cabina,  pudiéndose oír las supercaladas que le pegaba.

Pero pronto el tráfico me sacó de ensoñaciones, ay; los coches me adelantaban a velocidades de locura, pasando a mi lado como flechas. Los que salían de las discos no parecían tener a nadie que los refrenara, y yo me había metido en medio de una especie de pique entre varios conductores, maldita fuera mi estampa.

Pronto la cosa tomó un cariz bastante feo ¿Sería ese mi karma aquella madrugada? O eso o el mal de ojo. Un coche muy grandote y rojo, no recuerdo ya el modelo, se puso en paralelo con nosotros por el carril contrario. Iba lleno hasta lo imposible de tipos con el cráneo afeitado. Al parecer, dicho afeitado les había afectado el neocórtex, porque iban oyendo la música altísima y agitándose todos como epilépticos.

-“Joder, que asco -soltó Mila, que al parecer no pillaba el sueño- son todo punkarras con rollo de anfeta…”

Uno de ellos, señaló al interior de mi coche. Las dos mozas que llevaba dentro destacaban bien y pronto se pusieron todos a babear y soltar barbaridades por la ventanilla.

A mí, la compañía femenina -por no mencionar el humo del “peta”-  me volvía más fanfarrón de lo habitual y sentí que debía ejercer de Chico Guay. Pensando que pronto me adelantarían y me olvidarían, no se me ocurrió otra gilipollez que mandarle, burlón, un besito a uno de ellos, lo que tuvo un efecto explosivo…

Porque pude oir bien alto y claro lo de:  -“…pero si es un puto maricón de mierda. Y encima lleva a dos chorvas. Vas a besar a tu puta madre, bujarra de los huevos. Dani, dale con el carroo…”. Pero, ja, el tal Dani tuvo otras preocupaciones bien pronto…
En efecto, por el carril que iban ellos pronto apareció una especie de camioneta vieja, a lo que recuerdo. Yo pegué un frenazo enseguida (gracias, Red Bull) y ellos me rebasaron y se metieron pronto por la derecha delante mío.

Pero, lanzados como iban, superaron la cuneta de la carretera y entraron a una huerta que había al lado. Que lástima, ay, cielos, que la misma tuviera un metro de desnivel respecto a la vía.  La camioneta frenó en su carril, pero ya de poco valía para los anfetamínicos desafiantes, porque llegaron a planear unos metros en pleno aire para luego impactar, de plano y fuerte, muy fuerte : “CATACRAAAACCC”.

-“Oooostia, que leñazo. Pero se lo merecen, por mierdas. Arranca, Frankie, tío, sácanos de aquí, que si vienen los “Stupas” (G. Civil) te harán soplar y te empapelarán”

Bueno, aquella era la Angie práctica motivando al Frankie histérico, al cual no le hizo falta mucho más para meter otra vez la marcha y salir. Rebasamos a la conductora de la camioneta, una mujer más bien mayor, que lo miraba todo con ojos como platos y que continuaba parada en la carretera.

Yo puse la directa y pronto tuve el canuto en la mano. -“Toma, nano, pégale un tirito y tranquilízate, anda” dijo Mila, muy maternal ella. La intención era buena pero, ay, que aquello estaba muy cargado. Le dí una calada demasiado potente quizá y  -combinado con todo lo que ya llevaba y las emociones- me noté al poco una sensación de nausea en la boca del estómago…

(Atentos a la continuación. Si os apetece, claro)

Banda sonora: sunday-morning-the-bolshoi

Abierto hasta el amanecer.

La disco Spook se hallaba sitiada de coches y yo dejé el mío casi al extremo del párking,  junto a  las malezas de una acequia. Juanmi -que se meaba- bajó rapidísimo, metió un pié en los matorrales y tuvo tan mala suerte que metió el otro en una especie de desnivel, terminando con el zapato y medio pantalón llenos de barro, jeje, vaya zopenco de los cojones…

Angie le soltó: -“Por lo menos termina de mear, tío, jajaajaja”.  Yo no pude evitar la fascinación oyéndola reir, aiss: en ese amanecer estaba como un queso, con su minifalda, botines y medias de rejilla y enfilando veloz hacia la puerta, conmigo detrás.

Vicente nos seguía a los dos con la jeta bastante pálida; algo le pasaba, puesto que ya no soltaba risillas y Carlos “Desmontamecheros” le ponía su mano en la nuca. “Ooye, Frankie, tío, recuerda que las llaves de mi casa  cayeron en tu coche, bajo un asiento y no las pude…”.  Algo así me decía  Carlos, pero le corté pronto: -“Ahora no, joder, ya miramos luego, ahora hay que pillar a Pere y que nos pase, dice Angie…”. En el parking se veía un autobús grandote aparcado, aunque en ese momento no sospechaba lo que iba a traernos…ay.

Pere, uno de los “puertas”, se portó: estar encoñado con Angie le facilitaba a esta pasar a quien quisiera.  Y por fin penetramos al antro: allí estábamos, junto al Sonido del Poder, cielos benditos. Nada más franquear el vestíbulo te caían encima los 20.000 vatios brutales. Era avasallador: una catarata acústica, densa y sin apenas distorsión, que te ponía las endorfinas tocando castañuelas.
Y tal y como temía el efecto fue brutal:  debido al diseño futurista del local, era como estar dentro de un gigantesco microondas o una máquina del millón y el LSD que nos habíamos zampado  -como no- lo multiplicaba todo por mil, buuf…

En aquel lugar bailaban todos desaforadamente,  algunos incluso acercando la cabeza al altavoz de los graves. La barra parecía un reparto de víveres con la gente pugnando por una bebida y yo me alarmé al notar que faltaba Juanmi, dioss: “¿Donde está JM?” chillé.  “Afuera, se tenía que limpiar la pernera…”  me soltó Carlos, despacito y con cara de éxtasis. Ja, ya estaba este de nuevo en Babia, lo que faltaba. “Al menos, no te metas por ahí a desmontar mecheros”  le solté irritado.

Mientras tanto, Angie hablaba a gritos en un rincón, con una gótica altísima. Las dos me miraban con ojos ávidos (esa impresión me daba) y parecían relatar el episodio de la carretera. La amiga se me acercó, nos agarró a Angie y a mí del brazo y nos preguntó si queríamos algo. Se lo dijimos y acto seguido se metió por una especie de puerta de servicio, reapareciendo al pronto con el “combustible”. Al parecer trabajaba allí.

-“Bueno, me llamo Mila. Termino ya el turno y estoy frita y Angie dice que también y que tú tienes vehículo ¿me acercarías a casa dentro de un ratito?”. Aquello me noqueó. Estar allí, con aquellas dos mujeronas rodeándome, hacía que me sintiera en las nubes, la verdad.

-“Bueno, en teoría somos cinco…”  dije vacilante.  “Noo, pero Juanmi ha pasado de entrar, va a su bola”  me cortó Angie, con una mirada intensa que me aturdió un tanto. Estaba bien claro que iba tan colocada como yo pero, en algún nivel, mantenía un puntito de control y de conciencia más alto, lo que -siendo una cabra loca como era- amenazaba con complicar las cosas.

Mila nos hizo subir al piso de arriba, que permitía ver la pista al tiempo que era menos agobiante. “Por aquí luego se sale más fácil”  dijo. Las seguí un tanto reacio: era muy agradable estar con ellas, cierto, pero no lo era tanto ser el perrito faldero.
Allí, desde el primer piso, la vista hacia abajo era perturbadora: una turbamulta de gente levantando brazos y agitando cabezas como si fueran ñues. Carlos se había quedado allí, apoyado en un pilar y mirando al infinito y de Vicente recordaba verlo meterse en los baños a toda prisa.

Y empezaron -otra vez y para variar- a complicarse cositas. En el mar de cabezas de abajo se produjo un remolino, al parecer una pelea.  Aparecieron de pronto dos moles humanas, los “seguratas”, abriendo la masa de gente como rompeolas y agarrando a los peleones por el cogote como si fueran matojos. Esto provocó que más de uno saliera de la pista, cosa lógica. Pero me llamó la atención uno de ellos por la edad  -unos cincuenta y pico- y por el aspecto corriente y marujón. ¿Que coño hacía en aquel lugar? me pregunté.

Y obtuve una respuesta fulminante, vaya que sí. Noto una mano y unas uñas, la de Angie, que me hacen presa en la muñeca: “eeeeeh, cuidadoo..”  le digo yo y, a continuación de esto, llegó su grito, el del horror: “¡Oostiaaa, nanooo, que es mi padre y sube a este piso, diooss!”…(sic).

-“¿…? ¿…Como? ¿de qué vas?”  suelto yo Y coño, por su cara estaba claro que no bromeaba y Mila, al igual que yo, la miraba con cara de pasmo. –“Sii, que mi padre es autobusero y lo mandan a un servicio para recoger gente de las discos. Para que no se maten por las carreteras. Jooder, que les dije que estaría en casa de una amiga estudiando”…La leche en bote, con razón estaba aquel autobus aparcado afuera…

Su amiga “vamp”, con grititos agudos, se empieza a reír  “Aay, ja, ja, ja, que fuertee, corre, sal por aquí, anda”. Al tiempo que Mila agarraba a Angie, esta me agarraba a mí y me decía: “Enróllate y llévanos a casa, porfa, ya se lo explicamos otro día a los demás”.

Y en fin, los acontecimientos me superaron. No había forma alguna de bajar si no era cruzándose con Papaíto Aguafiestas que subía, ninguna salvo una puerta que daba a la escalerilla lateral por donde nos llevaba Mila. Así que me dejé llevar. Ya llegábamos a una especie de puerta de servicio, pero los sobresaltos seguían: “La cazadora, ostia, que me la dejo en el guardarropa…”. UufAngie, esa noche, era un encanto…

Mila, ya cocida por su jornada laboral, se giró y puso los ojos en blanco: “Dame el numerito y ya voy yo, aaay, esperadme en el coche”. Le señalé donde estábamos y me dejé guiar como un zombie por mi amiguita frenética. El sueño y el contagio de la histeria ajena me tenían  -de nuevo- en trance. Fue entonces cuando me dió por nombrar a Quique, el Primer Perdido: “¿Que habrá sido de el?”  pregunté casi para mi, al tiempo que abria el Ford.

Y ya sentado, viendo llegar a Mila con paso vivo (qué rápida la “vampira” aquella, la ostia), me llegaba la respuesta de Angie: “A saber de Quique.  Siempre que viene de fiesta, como es de Alicante, se queda en casa de Carlos…”

Y me acordé de ciertas llaves por buscar, debajo de algún asiento…y de ciertas carreteras extrañas que te engullen…

Dedicado a Quique, Juanmi, Carlos y Vicente. Os quiero, tíos. Y a Angie, claro, jaja.

People are strange. The doors. (faltaba la banda sonora, oídla que mola)

[Una historia muy larga pero real, lo juro. Gracias por la paciencia y el interés a quien la haya terminado. Pasaron más cosas -y qué cosas- pero de momento ya está bien. Esta semaneta que viene empiezan las desconexiones veraniegas y quizá no pueda comentar a los amiguetes blogueros, salvo breves picoteos. Hasta prontito y besos y abrazos y…bueno, eso.]

No para viejos.

Quique fue la primera víctima colateral del “viajecito” que nos dimos aquella noche. Suena muy feo decirlo, pero al ver que no estaba en los baños y no se le veía el pelo por ninguna parte, decidimos marchar los cinco restantes. Haciéndolo así, minimizábamos el riesgo de multa en caso de que pararan a seis dentro del coche. Lo siento, Quique, tío…

La salida al parking  tuvo un efecto atronador en los sentidos, por lo menos en los míos. Chocolate, la discoestaba rodeada de arrozales cuyas aguas parecían una especie de pantalla colosal de neón, por el efecto de reflejar los cielos y el sol que salía, todo ello multiplicado por la saturación visual masiva que me inundaba, ay, mami. Los coches mostraban colores que nunca he vuelto a “ver”, palabrita, y las escenas dentro de ellos parecían imágenes de El Bosco (y total, no eran más que gente liándose porros o dándose el lote, ja).

Al entrar en el Ford Escort de segunda mano uno se dió un cabezazo, otro sufrió la caída de llaves y calderilla y Angie* -copiloto por ser chica- se destrozó una uña al enganchar el cinturón. Parecían la Banda Patosa:  “Aaaayy, la uñaa, leeche…” (la una),  “La cabeza tío, osstia, que me entra dolor…” (el otro y, por último, el Señor Pierdecosas:) –“Jodeer, no arranques aún, que no puedo coger nada…”. Esta última súplica llegaba tarde para el.

Porque yo ya había metido la primera, empezado a pisar el acelerador y  -flipado como estaba-  resulta que solté el embrague más bien tarde. El Ford salió rugiendo y levantando polvo  -juro que sin querer- y poniendo perdido a un tipo que  -para colmo- vestía vaqueros blancos.

Por todo ello, Vicente “risas de hiena” se meaba casi de las carcajadas, tanto por la polvareda como por el cubata que se le cayó a otro encima ( Sí, esta costumbre de entrar la bebida al coche era abominable) pero yo no estaba para risitas en ese momento y todavía no consigo reírme de lo que vino a continuación, oh, cielos.

Lo provocarían, seguramente, la entrada en la autovía de El Saler y la posterior aceleración y concentración en el movimiento. Noté que el volante “crecía” y mis brazos también. El espacio del conductor parecía agigantado, el parabrisas semejaba un escaparate enorme y el coche no parecía avanzar en ningún sentido.

No entendía el porqué, dado que yo estaba pisando a tope, pero la cuestión era que el paisaje a los lados se me antojaba  una enorme alfombra, verde fosfito y por completo estática. El asfalto de la carretera mostraba una textura preciosa, que podía apreciar al milímetro como si estuviéramos parados. Resultaba frustrante no avanzar, jope…

Y por eso me extrañó tanto lo que soltó de pronto Angie: “Nanoo, que velocidad, que fuertee…” ¿Como? ¿Velocidad? ¿De qué hablaba esta? Y tuvo que ser Vicente quien – esta vez sin risas de ningún tipo- me gritara y me sacara del trance: “¡Tío, jodeer, que vas a 175 por hora, que nos vas a matar!. La leche, resulta que Don Risitas llevaba razón esta vez. Miro acojonado el cuentakilómetros y me noto como una especie de afasia numérica traidora y repentina, santo cielo; se me había ido el significado de los guarismos y no entendía la cantidad. Aquello me dió tal susto que -de rebote y al parecer-  la comprensión numérica pareció resucitar y sí, marcaba cerca de los 180 km/h, válgame el cielo.

También noté en ese momento un rugido ahogado, el del motor a punto de reventar y me vino la sensación del pie derecho apretando muy fuerte el acelerador. Bueno, aquello bastó para que enseguida dejara de hacerlo y Angie me riñera, manda guevos: “Vengaa, que cuando vamos en el coche de Quique, el no se raja y lo pone a tope” (pa matarla).

Años más tarde, doy gracias al dios de los majaretas porque no circulara nadie a esas horas del amanecer. Aún notando distorsiones raritas llegamos a continuación al parking de la Spook Factory,  labatidora“...

*vulgo Maria Angeles.

(Intentaré concluir la historia en la tercera entrega, ya que todas las partes juntitas provocarían un efecto tóxico leídas de golpe. El verano -por cierto- conseguirá que nos amemos como hermanos…)

Saludos acelerados.

Con drogas y a lo loco.

Bueno, teníamos un plan genial y absolutamente seguro, ejem. Entraríamos en Chocolate a las tantas de la madrugada y nos  zamparíamos allí dentro una “seta” de LSD. Aquella discoteca era conocida por tener diseño de caverna alambicada, estalactitas, mucha oscuridad y estar llena de góticos familia del conde Drácula.

Cuando llegó el momento de ingerir la “cosita”, acompañándola con una sencilla Fanta, tuve una especie de presentimiento negativo, como de meterme en algo demasiado gordo. –“A la media hora o así empieza a subir. Y dura muchísimo…”. Así decía uno con cara de éxtasis y yo me temía que fuera cierto.

Obviamente, lo que ingería apenas sabía a nada, era un simple soporte de papel. Deambulamos por la discoteca de la forma habitual, saludando aquí y allá. La media hora pasó, la sala se llenaba más y más de “vampiros” y la música se volvía más penetrante y  desquiciada. Aquel sonido me encantaba y  me hacía pegar siempre unos botes tremendos, cosa que me puse a hacer.

Pero notaba que bailar me resultaba raro esta vez, porque mis brazos  parecían “soltarse” a cada momento. Lo compensaba el hecho de que sentía las piernas ligerísimas y como de goma. Era algo magnífico, caray, permitía abandonarte a aquellos espasmos desorbitados que la música parecía exigir. La sensación de los brazos pasó, el sonido me entraba hasta por las costillas y me notaba un frenesí y una comezón danzarina como nunca en mi vida, santo cielo ¿sentirían lo mismo las tribus salvajes cuando danzaban?

-“¿Nos estará subiendo ya?”. Eso nos preguntábamos y por lo anterior ya había respuesta. Yo miraba las paredes y me daba la sensación de que las recorrían una especie de arañas planas y grandotas con unos colores imposibles, los mismos que se veían por todas partes. Era como estar dentro de un TV con el mando del color a tope: –“Joope, ya empieza…”

De seis que éramos tan solo estábamos tres en ese momento, todos con los ojos como platos y masticando chicle como posesos. A nuestro lado había un tipo altísimo, de negro y con capa, que en mi estado mental me parecía Lestat el Vampiro. Sostenía con aires de estrella del rock un vaso de lo que fuera. –“Seguro que es sangre, jijiji”, solté yo.  Aquella simple tontería tuvo un efecto brutal, como el de una bomba hilarante: “JAJAJAJAJAJAJAJ. JAJAJAJAAJAJAJ”. Nos resultaba imposible aguantarnos la risa, era como estar poseídos.-“Mira, mira, el draculín tiene un tacón roto, con razón va torcido” volví a soltar. Fuera más o menos gracioso, provocó otra explosión de risas y que nos tuviéramos que largar de allí, por el mosqueo que empezaba a mostrar el fulano.

Enseguida, alguién se preguntó donde estaban los tres que faltaban, uno de ellos una chica y aquello bastó para ponernos en marcha. La verdad es que sucedían cosas raras. Una de ellas era que se nos habían pasado casi cuatro horas sin darnos cuenta y no podíamos concentrarnos en la ruta de salida del local. Por lo demás y a diferencia del alcohol,  ni nos tambaleábamos ni farfullábamos.

Por fin, vislumbramos un portal que parecía la mismísima entrada al reino de los cielos. Que fuertecito que era aquello, cojones, ja. Sencíllamente es que estaba amaneciendo y el LSD nos lo mostraba como si fuera una epifanía divina.

Yo caminaba ingrávido, otro tenía los ojos como platos y el tercero tenía unos ataques de risa demenciales, pareciendo a ratos una hiena. Divisamos en una de las terrazas a dos de los que buscábamos. Ellos, por contra, no parecían apurados por encontrar a nadie; uno estaba absorto desmontando un mechero y ella nos miraba con una sonrisa intensa de oreja a oreja, cuyo motivo le era imposible de explicar: –“Qué ¿todo bien?” a lo que ella símplemente nos asentía de nuevo con la sonrisita. “Madre mía, como le ha subido a esta, dioss” pensé.

-“Bueno, aquí van a cerrar y sería cuestión de marcharnos al Spook Factory”  dijo uno, haciendo evidentes esfuerzos para concentrarse y hablar. El del mechero levantó la cabeza y soltó: –“Esto es impresionante, colega, la de ingenio e imaginación que hay en este aparato, la ossstia, tú…. Al oírlo a  la chica le entró un ataque de risa: –“Jajajajjajja, lleva así dos horas ya, joder, se ha quedado en la puta parra, jajajjaja..” Aquello nos provocó espasmos carcajeantes generales. De verle la cara al relojero flipado a mí se me aflojaban hasta las piernas.

-“Venga, ya, coño, vamos al coche y al Spook, que  ahora es cuando Pere está en la puerta y nos puede pasar”  dije yo. Y con cierto pánico, además. El motivo es que era YO quien debía conducir…ay, ay

-“Noo, que falta el Quique” dijo nuestra amiga (vacilando un tanto) –“¿Pero no estaba con vosotros?”  le preguntó otro. –“No, lo vimos que se metia en los servicios. Hace ya bastante rato….”…

To be continued (si lo consigo)*

*Quedan anuladas las clausulas de cordura y racionalidad para todo lo relatado hasta ahora, así como para lo que seguirá en posteriores entradas y que marcará mi imagen para siempre. Juventud, divina idiotez…