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Limpiare/parlare/morire (2)

Publicado: 21 marzo, 2014 de Frankie en Ficciones, La empresa loca

vigil

Rafa entró en aquel turno a trabajar con mareo, hipotensión y más sueño del normal. Mientras se adentraba con su coche en las instalaciones, veía la riada de empleados que se apresuraban a escaparse en sus vehículos de aquel “konzentrationenkampf”, como lo llamaba el.

Pronto localizó el “lagarto verde”, el focus abollado de Juana. Aparcó el suyo al lado y enfiló hacia el vestuario, no sin antes propinarle un patadón al “lagarto”, como hacía siempre. Esa vez y no obstante, se hizo daño pues calzaba zapatillas en vez de las botas reglamentarias, cosa que no había pensado antes. Aay, dios, como dolía. Peor todavía: Juana, que al parecer miraba sin el saberlo gritó por una ventana:

-Oye, pedazo de malasombra, pégate la patada en tus cojones, anda, si es que los tienes. Habrase visto el flaco malencarado este. No voy a tardar ni cinco minutos en darle parte al Ricardo, ya verás.

Rafa sintió un frío helado que le atenazaba las costillas. Miró hacia arriba y se vió el rostro retorcido de ira de Juana. “Aay, ostias, que estaba limpiando justamente en estas oficinas. Debo darle coba enseguida, hacer algo…” -se dijo.

-Juana, que no, que no le he dado fuerte, es que…me he tropezado, eso ha sido. A punto estaba de caerme y me apoyé en tu coche (¡!). Oye, que te he traído un pastel, coño. Me acordé de tí, joder ¿Como iba a darle una patada adrede a tu auto?

Juana compuso un gesto a mitad de camino entre el estupor y el estreñimiento que sin duda padecía, seguramente pillada por sorpresa, cosa que le sucedía pocas veces.

“Mierda, un pastel riquísimo que me preparó la mujer y ahora se lo zampará este engendro” -Rafa notó que le entraba un desánimo imparable. El ratito de comerse el pastel era una de las pocas cosas buenas del turno.

Cuando entró en el despacho que limpiaba Juana se vió a esta plantada en el centro de la habitación. Le miraba con el ceño fruncido y los labios muy prietos, como si contuviera una llamarada de fuego en la boca. Tenía los ojos inyectados de ira y el móvil en la mano, cerca de la oreja. En la otra mano sostenía un plumero con el que le apuntaba como si fuera una pequeña espada.

-Mira, mierdecilla. No sabía quien me hacía todas esas abolladuras que tenía en el coche. Pero ahora ya sé quien me ha hecho por lo menos una. Me las vas a pagar a tocateja, porque sino Don Ricardo lo va saber todo. Y ahora ¿Qué coño es eso de que tienes un pastelito para mí? Lo que me faltaba por oir…

Se lo quedó mirando con su expresión de “Mona lasciva”, disfrutando de la cara de susto que mostraba el vigilante.

-Estoo, mira Juana, quise hacer una cabriola y perdí el equilibrio, pero me apoyé en la chapa con el pie. No quedaron abolladuras, sino fíjate y verás. Y yo nunca te he abollado nada, anda. Y mira, recuerdo cuando…-aquí la mente de Rafa iba a mil por hora…-cuando comentabas que te gustaba mucho el pastel de almendra.

-¿Cuando he dicho yo eso? -respondió Juana abriendo los brazos y mirándolo extrañada y calculadora.

-Te lo escuché cuando hablabas una vez con Miguela, sobre postres -A la pobre Miguela la mareaba tanto hablando sobre el tema que era posible que la mentirijilla colara.

-Escucha, si me quieres dorar la píldora no lo vas a tener fácil, flacucho. Te hace a tí más falta el pastel que a mí. A ver, sácalo ya, anda, pero Don Ricardo debería de saber esto. Un vigilante vandálico es un peligro para la empresa.

Rafa sacó el pastel con torpeza de la fiambrera. Juana se lo arrebató como quien le quita un dulce a un niño.

-Lo pondré en la nevera, flaquito que ahora lo estarás más todavía, jajaja. Mañana llevaré el coche a peritar y si no te reconoces culpable ya sabes quien lo acabará sabiendo todo. Y ahora, largo de aquí, que tengo trabajo.

Juana lo empujó con energía al pasillo y cerró la puerta del despacho. Rafa se quedó mirando aturdido la puerta cerrada, y lleno de miedo por las consecuencias, al tiempo que se odiaba a sí mismo por haberse humillado ante ella. Tenía que hacer algo radical o el asunto le costaría caro.

Y en ese momento, Ricardo Mena, el gerente, aparecía frente a el.

-Rafa, venga, incorpórese, que ya se han ido todos y hay que ir cerrando -le dijo mientras hurgaba en un maletín- Donde habré puesto yo las llaves del despacho este…

En ese momento Juana abrió el despacho desde dentro y le hizo a Ricardo gestos de que entrara.

-No busque la llave, D. Ricardo, que estaba yo aquí limpiando. Pase, pase.

-Ah, hola, Juani. Me dejé la agenda, a ver si la encuentro.

Y mientras Ricardo entraba, Juana encaraba a Rafa con una mirada de hielo, con los ojos brillantes y una expresión malévola que no parecía presagiar nada bueno.

-¿No tienes que ir a cambiarte y trabajar, señor vigilante? -le dijo con sorna.

Rafa se fue, mientras oía, ya dentro del despacho, la voz zalamera de Juana hacia el gerente. Si se quedaba al lado para escuchar podrían descubrirlo. Se volvió a repetir, esta vez con más energía, que debía hacer algo radical…

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¿Como de radical? Como siempre, solo leyendo “El vórtice” lo sabréis y blablabla…

Limpiare/parlare/morire (I)…

Publicado: 9 marzo, 2014 de Frankie en Ficciones, La empresa loca
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limpia

Había llegado otra vez Juana Comadre: exhuberante como una maníaca y saludando a la gente con entusiasmo, preguntando detalles personales y observando mientras respondían. La vida de todos le resultaba importante y, de hecho, la conocía con un nivel de detalle casi obsesivo.

Juani, la señora de la limpieza, llegaba todas las tardes y tomaba por asalto la plaza de las vidas ajenas. Bastaba percatarse de aquellos ojillos que ponía cuando escuchaba novedades para advertir que había llegado alguien muy peligroso, cosa que pocos parecían notar salvo Rafael, el vigilante que entraba de tarde/noche.

Juana Piquer ya se había adentrado en la cincuentena y era divorciada y con una hija abogado, detalle este que era imposible desconocer si habías hablado con ella aunque tan solo fuera un ratito, aguantando por milésima vez la propaganda dedicada a la abogada que la hija era pero ella no. Juani agredía a los simples administrativos de la oficina, frotándoles por la cara el status de su hija, al parecer tan repelente y nociva como la propia madre.

Si bajabas la guardia y eras tan cándido como Miguela, la de Comercial, a la que muchas veces se le escapaba un  incauto “ya, ya…” mientras la oía, recibías un aluvión de detalles absolutamente insoportable y con efectos letales para tu psique.

Su mente funcionaba de forma curiosa. Si te quería contar que había visto un árbol, primero te describía la textura del camino desde su casa hasta el puto arbolito, acompañada de descripciones del cielo, etc. El resultado es que muchas veces se olvidaba del árbol-destino y se preguntaba “Ay ¿y porqué contaba yo esto?”.

Lo que al principio era gracioso después resultaba torturante, como pensaba Rafael. A la hora después de llegar Juani marchaban todos a casa y el se quedaba con ella en las oficinas, situadas en una factoría industrial de cierto tamaño. Las tareas de limpieza continuaban de noche, con los dos solos y juntitos. La  imposibilidad de librarse de aquella alimaña chismosa le carcomía la moral. Tenía un trabajo que le gustaba hasta que un buen día despidieron a Lauri, una veinteañera salerosa, y trajeron a aquel horror parlanchín.

-Qué ¿Como se puso el jefe de planta cuando se enteró de que te dejaste encendidas las luces de marquesina al marcharte por la mañana? -le soltó Juani a Rafa con expresión atenta.

Rafa sabía bien lo que venía después de una pregunta de Juani. Cuando empezabas a contestarle lo que fuera, Juani no podía reprimir un tic facial; en efecto, arrugaba la expresión y achicaba los ojos. “Cara de mona lasciva”, como se reían Rafa u otros al comentarlo.

-No, no se me olvidaron las luces, joder. Eso solamente pasó una vez y ya hace años, además. -Así le contestaba, pero advertía que ella sabía el detalle porque alguno de los otros se lo había contado. Resultaba ser una fuente de información, cierto, pero era una fuente nociva. Te contaba con ganas lo ajeno, pero también sabías que si tú le revelabas algo los demás lo sabrían bien pronto.

Aquella noche en particular, Rafa se encontraba mal. Los turnos de noche le perjudicaban el sueño y esa jornada en particular estaba reventado…

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¿Como continuará todo amigos míos? Ah, solo leyendo El Vórtice lo sabréis…(yo incluido)

Aires de princesa

Publicado: 15 noviembre, 2012 de Frankie en Ficciones
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Nelly recorría lanzada las aceras en ese momento, con sus piernas largas y atléticas y aquellas energías de princesa de barrio. Aquel iba a ser un día divertido. Gennaro, al fin, se había avenido a colaborar en la gran broma ¿Verdad que era fantástico darle una lección a Clarisa, la sabionda odiosa? Sabía que estudiar no era lo suyo y necesitaba a Clari, pero aquella displicencia con que la ayudaba le estaba resultando inaguantable ¡Y encima le presenta a un posible novio y va y la llama “consiguehombres”, como si tratara con la regente de un prostíbulo, si sería…!

-¡Nelly, espera! -oyó que gritaban detrás de ella. Era Gennaro, que salía de una boca del metro en ese momento.

-Uau, Gennaro, pero si venías detrás. Venga, dame un besote primero que nada. Te estás ganando el cielo y eres un bendito mártir ¿Aún no te ha picado la “halcón”? Ja, ja, ja, ja, ja. -Lo agarró del pelo, sabiendo que luego estaría peinándose media hora, y le estampó un sonoro beso plantándole una mano en los genitales.

-Uuh, para, mujer, que nos ve la gente. Venga, a ver si pillamos sitio en el Panamá, que aún falta una hora para que llegue Clari al Caesar -Gennaro se atusó el flequillo aprovechando un escaparate.

Una vez ya sentados en el Panamá,  Gennaro pareció ceder y se relajó visíblemente, como si se hubiera liberado.

-Joder, qué coñazo de mujer, la Claritonta de las narices. En buena hora nos presentaste. Qué conferencias me suelta la tía. Ni te imaginas como debo aguantarme el sueño. Menos mal que le gusta tanto escucharse que ni cuenta se da de que bostezo. Eso sí, podría llenar enciclopedias con lo que sabe. Pero mientras tanto, que siga sin meterme mano.

-¿No lo hace? Mis compañeras piensan que te sobetea hasta quedarse harta y que le lames la barbillita, ja, ja, ja, ja, ja

-Pero qué dices. Si hasta llegó a insinuarme si yo no tendría una tendencia homosexual oculta porque no la tocaba. Y encima, dice que me tranquilice, que soy “bello pero tímido” y que lo superaremos entre los dos. Jamás me dijeron nada parecido. La leche, Nelly, parece que no te importe que me de palmaditas en el culete.

-No, porque sé de sobra que ella no te gusta. Pero encima, hoy se va a terminar todo. Ya verás como nos reímos.

-Sí, vale. Entonces ¿Qué hago? ¿Quedo ahora luego con ella en la puerta del Caesar y enseguida nos vamos al hotel ese?

-Sí. Y tranquilito, anda. Vais ahora al hotel ese, al Continental. Y cuando tengas la habitación -que pagaremos nosotras- le dices que entre primero, que tú quieres que sea algo muy especial dado que es el primer encuentro romántico y tal y cual. Que quieres que se desnude encima de la cama y te espere, que has recordado que en recepción venden flores. Y me haces entonces  una llamada perdida al móvil para que subamos nosotras, ja, ja. -Nelly hablaba con energía y con un brillo sádico en la mirada.

-Pero ¿Qué haréis, que habéis inventado? ¿Como te dejarán entrar al hotel?-preguntó Gennaro nervioso.

-Ja. Alquilé antes una habitación. Otra consiguió en un sexshop un pene gigante de plástico; una especie de globo que llenaremos de confetti, para que le explote encima. Y luego le haremos fotos que subiremos a Facebook, al Youtube, ya sabes, jajaja. Tú ya no tendrás que verla nunca, tranquilo. Con bloquear su número de móvil te basta. Y el curso ya se ha acabado, así que ya no necesito su ayuda en los exámenes.

-Ya. Ultimamente y cambiando de tema, me llamas bastante menos -dijo Gennaro acariciándole la rodilla.

-Ultimamente y entrando en el tema, he estado de exámenes de fin de curso -repuso ella aceptando, no obstante, la mano de el.

-¿Tú? ¿De exámenes? Pero si los robas del despacho del profesor y te los hace Clarisa antes, ja, ja.

-Pues no, majete, no siempre es así y muchos los apruebo por mi misma…

Gennaro la oía distraídamente mientras se arreglaba el flequillo, mirándose en el cristal que daba a la calle. Durante un breve instante creyó ver unos ojos negros como los de Clari superpuestos a los suyos, como si le mirara desde fuera. Del sobresalto se quedó rígido, pero en la calle no parecía haber nadie.

-¿Qué pasa? ¿Te picó un escorpión?

-Casi -le contestó a Nelly. -Me pareció ver en la calle a Clarissa…

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Se levantó Clarissa de su asiento en el metro y salió empujada por la marea de gente. Tenía una sensación rara al ir con adelanto a la cita con Gennaro y…un momento ¿Acaso no era aquel que salía a la calle por la escalera mecánica? No, imposible. Tranquilita, Clari, cada cosa en su momento.

Fue paseando por la avenida, fijándose como siempre en el Panamá, un pub que le gustaba bastante más que el Caesar. ¿Porqué narices querría el quedar siempre allí? Pero esta vez y como le sobraba tiempo, se acercó ociosa hasta el cristal. Dentro había poca gente y entre ellos una pareja. Ella era rubia y el castaño claro y…espera. Espera que eran Nelly y Gennaro, malditas fueran sus estampas. El le acariciaba una rodilla con deleite por debajo de la mesa, subiéndole por el muslo. Clarissa notó como si el estómago se le llenara de algo muy frío y se los quedó mirando fíjamente. En ese momento, el se giró hacia el cristal tocándose el pelo y ella se llevó un susto tremendo, interrumpiendo enseguida el acecho y echando a correr.

Y a correr y a correr. La avenida daba vueltas en torno a ella y se tropezó con varios viandantes, que le respondieron con alguna que otra barbaridad. No podía parar y enfiló por algunas callejuelas laterales en donde casi no había gente. Sentía que la cabeza le estallaba  ¿Porqué quería llorar y no podía? Diantre, le parecía llevar un cartel que anunciaba a todos su verguenza.
Bastante rato después, tomó conciencia de que estaba sentada en un banco callejero, con el rostro lleno al fin de lágrimas pero con una decisión tomada. Iba a quedar -a pesar de todo- con Gennaro. El muy hijo de puta seguramente no la habría visto y -estúpido como era-  pensaría que la podría torear. Al menos se reiría de las mentiras que el soltara y también haría algo más. Porque llevaba un abresobres muy afilado en el bolso y quien sabe la de ocasiones que habría para herir a un cabronazo hermoso como el…¿Y qué hacer con su ya ex-amiga? La cuestión es que se sentía confundida porque tenía celos de los dos. Sabía con certeza que también le habría gustado acariciar el muslo de Nelly y el ya lo había hecho delante de sus ojos. Y eso sin tener que ayudarla en los exámenes. Ante todo, la atormentaba sentir esa atracción por ella sabiendo lo que ahora sabía.

Gennaro, por su parte, dejó la compañía de Nelly con emociones enfrentadas. Se había repetido a si mismo montones de veces que con las mujeres era el quien mandaba, el que ponía las reglas ¿Y de que servía? Al final lo habían atrapado ¿No estaba eso bien claro? Su amiga era una tejedora de redes que le había impuesto una novia rarita, a quien sabía que atraía físicamente, pero que le resultaba impredecible. Para confirmarlo, Clari le había mandado hacía un instante un SMS cortito: “Ven a los Jardines de Monforte, que ahora no hay nadie“. Y  cuando le llamaba no respondía. Bueno, el  hotel Continental quedaba justo detrás de los jardines, no había problema.

Adentrándose en el parquecito, la vio sentada medio oculta en un banquito casi invisible. ¡Demonios, si casi parecía parte de la vegetación, con aquel modelito verde oscuro! Y también se percató de que ella, con un aire muy distinto al mero aguardar pasivo de veces anteriores, lo esperaba. Se obligó a tranquilizarse, pero todavía llevaba encima el susto de ver su rostro en el cristal del pub ¿De verdad había sido ella? Si ya estaba aquí resultaba factible que antes hubiera pasado por delante del Panamá, tenía que andarse con cuidado.
Lo anterior quedó confirmado en cuanto la besó en la mejilla al acercarse. La notó salada y húmeda y supo que había llorado recientemente

-¿Te sientas aquí, a mi lado? -le dijo ella. Casi cubierta por un inmenso dosel de ramas, como un espíritu vegetal, tenía en ese momento una mirada rarísima, como extraviada. Gennaro supuso que estaría al acecho de alguna mentira suya. -Has llegado prontito tú también -Ella tenía el brazo izquierdo por detrás de el, que se había sentado. En la parte derecha tenía el bolso abierto y su mano colgaba dentro del mismo, lánguida pero acariciando un estilete afiladísimo. Sentía un vacío absoluto dentro de ella, que parecían llenar a ráfagas todas las decepciones y amarguras que había recibido en su vida. Herirle y marcharse sería todo uno…

-Me apeteció que nos viéramos aquí en vez de en el Caesar, como hacemos siempre. Creí verte delante de mí, al salir del metro. Tu chaqueta de aviador retro es inconfundible ¿no?  ¿Es así como te expresas, Gennaro? ¿Construyendo una apariencia con lo más caro del mercado? ¿Haciendo que la ropa cuente sobre ti lo que a ti mismo no se te ocurre? Al decir esto, agarraba con fuerza el estilete…

-Epa, epa ¿Qué manera de recibirme es esta? Tengo una habitación reservada, Clari. Esto debiera ser un buen día y tú vas y te pones quisquillosa con mi chaqueta. Si no te gusta me la quito, a fin de cuentas hace calor. No es un pecado gastarte dinero en la ropa que te gusta ¿Te ocurre algo?

-Tienes razón. Lo siento y te pido disculpas. Imagino que me pone nerviosa entrar ahora en esa habitación contigo y pensar que hasta el momento no te has esforzado en demostrarme que tienes cultura, sensibilidad y sinceridad personal. O en que no tienes una especie de complejo de Edipo hacia mí. A mucha gente le pasa. Me encuentran paternalista y dominante.

-Eh, bueno, yo te encuentro atractiva y culta, Clari…

-Veenga, venga. -Interrumpió ella. -Para mí, la duda metafísica es porqué sales conmigo si te hago bostezar cuando te cuento cosas ¿Te crees que no me he dado cuenta, hermosura? Y no me digas ahora que es por mi cara y mi cuerpecito. Me llaman la “halcón”, esa gente tan simpática de mi Facultad ¿no lo sabías? -Al decirle esto notaba que la amargura la llenaba más y más. El estaba relajado ahora y con un movimiento rápido le dejaría un buen tajo en aquella linda carita. Todo le importaba una mierda y el fulano que tenía al lado bien podía empezar a pagarlo. -A Nelly le atraes. Es cierto que nos presentó ella, pero te miraba como si fueras comestible, jaja ¿No lo sabías? ¿No has hablado con ella últimamente?  -Y ahora es cuando vendría la mentira de el, pensó. Ahora es cuando la sacaría de quicio con embustes y cuando ella lo terminaría todo con el acero afilado.

Gennaro no respondió de inmediato. La miró a ella un brevísimo instante, lo justo para darse cuenta de que una minúscula lágrima le brotaba de un ojo. Cuando habló lo hizo agarrándose fuertemente las manos, al tiempo que suspiraba y miraba al frente.

-Hablé con ella hace tan poco tiempo como media hora. Bueno, con ella no hablas sino que escuchas, porque en ese sentido sois las dos igualitas, Clari. Las dos me tomáis por un pelele con el que jugar. Tú me tratas como a un idiota superficial que quizá solo valga para un calentón. ¿Y tú te preguntas por mi “sensibilidad”? No la has apreciado porque no la has buscado jamás. Ah, y por otro lado, tu pupila Nelly te había preparado un bromazo de aúpa en la habitación del hotel, contando con mi ayuda potencial. Ayuda que termina ahora, tal y como termina esta chorrada de pareja que hemos formado. Quien os aguante que os compre, cariño.

Y diciendo esto, con la voz cada vez más ronca hacia el final, se levantó. Suave pero inexorable. Clarissa, mientras tanto, se había quedado noqueada. Aquella sinceridad inesperada de el la había descolocado bastante más que haberlos visto acaramelados antes, al punto de que ni pensaba ya en la majadería de pincharle. Se quedó mirando pasmada el como se recomponía el su chaqueta de nuevo, mientras se estiraba ligeramente ¿De verdad acababan de romper? ¿Y por iniciativa de el para colmo?

A tal punto le llegaba el pasmo que no vio como el acercaba su rostro al de ella y le besaba los labios, al tiempo que limpiaba una lágrima de su mejilla con un gesto rápido de los dedos.

-Lamento mucho el engaño. -le dijo el, yéndose mientras suspiraba…

Nelly salía más tarde del Continental.  De mal humor pero también con ansiedad. Nada había salido bien. Gennaro no la llamó, en recepción le dijeron que ya había entregado la llave y encima le tocó a ella abonar la cuenta de las dos habitaciones, porque las tres compañeras de clase se escaquearon de pagar.
Iba caminando cabizbaja de vuelta a casa, carcomida por sentimientos de culpa y malos presagios, cuando un taxi frenó en la calzada delante de ella. Detrás iba sentada Clarissa. Nelly se quedó paralizada por el susto y por la mirada fría y tranquila de la pasajera, la cual hizo el ademán de sacar algo del bolso. De forma irracional, Nelly recordó con alarma el estilete que le había mostrado en cierta ocasión y el carácter drástico y violento que pocos le conocían a Clarissa. Pero esta se limitó a arrojarle una bola de papel por la ventana.

-¿Qué, qué coño es esto? -desenrolló la bola y le pareció reconocer un borrador del último examen, el definitivo, el que le había ayudado a preparar Clarissa días antes.

-Eso es un horror, Nelly. Es el peor examen que preparé jamás. Verás, me enteré hace unos días de que tú también me llamabas “la halcón” a mis espaldas y me supo bastante mal, claro. Lamento comunicarte que habrás suspendido con un cero irrebatible. Deberás repetir todo el curso. Hasta siempre, nena.

Le pidió al taxista que arrancara. Que suerte que había pillado aquel taxi tan a tiempo y que guardaba, como por instinto, aquella bola de papel en su bolso. Junto con el estilete, desde luego. Miró atrás durante un instante mientras se alejaban de ella, con un último gesto de aprecio ¿Acaso no resultaban adorables aquellas piernas largas y torneadas y aquella pose de princesa ofendida?

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Saludines a todos, princesas y príncipes, ja, ja, ja.

Armagedón

Publicado: 31 octubre, 2012 de Frankie en Cuentos, Ficciones, la epopeya
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Daniel estuvo a punto de espetarle algo a su hermanita y darle un empellón hacia la puerta de la escuela. Sobre todo porque en esos momentos veía en la acera de enfrente la mirada burlona de Efraím, el eterno repetidor. Pero algo en el tono de  ella, un atisbo de angustia o de tensión al mirarlo, lo impidió. No la besó, pero si que le agitó el pelo con suavidad.

-Anda vete ya, Vane. Yo ya entraré… más tarde.

Miró como la engullía el rebaño de gente que entraba, una figurita pequeña que desaparecía. Quizá lo último familiar que vería ese día. Porque Efraím ya le gritaba:

-Venga, Dani, dale ya el besito. Luego le das otro al Fornás cuando lo veas, ja, ja, ja. Aquello arrancó risas nerviosas de los demás y taquicardia en Daniel. Fornás Cervera era la bestia parda del barrio, sobre todo de los que iban a la escuela de pago. Un grandullón gordo y pegón, que lideraba a lo peorcito de la escuela que habían edificado en uno de los solares de aquel barrio de inmigrantes de toda España.

Comprobó que sus compañeros tampoco llevaban uniforme ese día. Había una excursión escolar voluntaria a la que se habían negado, aunque en casa dijeron que sí que iban para despistar. Se miraron todos pero a casi nadie le salían las palabras, con lo que arrancaron a caminar a una, todos con la mirada expectante hacia el frente.

Debíamos ser treinta, joder y solo hemos venido quince. La puta mitad, hostia. Los del San Vicente nos van a inflar a palos -A Sempere se le ponía la cara roja como un tomate por la furia. Esa rabia suya y su tamaño lo convertían en un activo valioso. Quizá por ello, más de uno se había pegado a su lado mientras iban atravesando las calles hacia la cita, semejando una jauría de lobeznos. Muchas de esas calles no estaban asfaltadas todavía y eran puros barrizales. Un Renault 8 pasó rápido al lado de ellos salpicándoles…

-¡Eh! ¡hijo de puta!-le gritaron todos, descargando algo el exceso de adrenalina y la tensión. Alguno que otro casi parecía querer perseguir al coche.

Daniel no gritó porque se sentía tan irreal como si estuviera en un sueño. No solamente era miedo lo que tenía. También y en los últimos tiempos odiaba a Fornás y a su repugnante hermano, el Comadreja. Este último le había escupido con gesto de víbora a Vane cuando volvían a casa días atrás. Recordaba claramente la carita de ella, llena de la asquerosa saliva de aquella sabandija, y el como no paraba de llorar durante todo el camino mientras el la limpiaba y oía burlas desde la acera de enfrente. No podía olvidar tampoco el gesto de ansiedad de su madre mientras consolaba en casa a la niña.

-Apretad bien los puños y cubríos bien. Y dadles patadas con las chirucas que llevamos todos. -dijo Efraím, con aires de estar en una película. Este, Sempere, Marcial y alguno más eran los pesos pesados, los que tenían alguna posibilidad de repartir en vez de recibir. Los demás y el mismo formaban el conjunto de las ambivalentes tallas medias; los que tanto podían crecerse como venirse abajo. Por su parte, el Chinche, bajito sin remisión, parecía sobreexcitado, como si hoy fuera a consagrarse.

Y de pronto, cuando se terminó la calle al tomar una curva, allí estaba: un solar sórdido y enorme que apareció de repente, provocando que todos se quedaran clavados al borde. Había una extensa explanada, toda ella de puro barro y más allá unas malezas enormes como de jungla primordial, lleno todo con aquellos ladrillos rotos que invadían cada rincón como una plaga.

No se veía a nadie esperando, eso para empezar. -Se habrán cagado de miedo y habrán pasado de venir. -dijo uno, pero todos sabían que no iba a ser así. Miraban el cielo encapotado, con una inmensa nube negra justo encima del solar y buscaban entre las matas hasta que…-¡Mirad allí! ¡Los del San Vicente! -era Chinche.

Se habían asomado varios de golpe entre las matas. Destacaba entre ellos, Fornás, un chico cetrino y corpulento que tenía el pelo crespo y muy negro, y que llevaba una chaquetilla de cuero imitado, raída y con el cuello levantado. Se los quedó mirando amenazador, con un odio tan intenso que casi le hacia contorsionar el gesto. Y en ese momento crucial, extendió los puños hacia adelante y pegó un alarido tan poderoso que debió resonar en todo el barrio.

Daniel y los demás se quedaron tiesos de la impresión. Todos los de enfrente se unieron al grito del líder y de pronto aquel solar reverberaba de aullidos. Parecían una manada de babuinos furiosos y ciertamente era algo tosco y ridículo, pero intimidaba. Efraím, muy en su papel de líder, se percató de que había que cortar pronto aquel teatrillo. Sacó de la cazadora una pistola de postas, que de lejos parecía algo más, y soltó un disparo al aire. …¡baaanngg!

Aquello hizo su efecto; los sobresaltó y los calló. -Venga gallinas cluecas, dejad ya de chillar y alinearos. En fila y uno contra uno, como dijimos. -les gritó. Algunos incluso se rieron del sobresalto rival. Fornás tan solo hizo un gesto y enseguida salieron los suyos de los matorrales abriéndose en abanico, una maniobra que imitó todo el mundo allí menos Chinche, que se quedó quieto atrás mirando a Daniel con la cara pálida. A este le quedaría para siempre en la retina una imagen fugaz y chocante: la de su amigo orinándose por el camal con los ojos saltones y la boca muy abierta.

Formaron dos filas que avanzaban a través del barro, buscando alinearse cada uno frente a  su oponente basándose en fobias personales. Durante un momento de pánico, Daniel vio que estaba en el meridiano del mismísimo gordo monstruoso, hasta que Sempere lo agarró y con un gesto le dijo: “Déjamelo a mí”. Se puso entonces a buscar con frenesí al Comadreja, al que parecía haber visto antes y a quien ahora parecía imposible ubicar ¿Donde coño estaba? ¿Escondido entre las matas?

A falta de aquel, se encaró con un chico rubio de cara sucia, que era más o menos de su talla y también lo miraba ansioso. En ese momento y en los dos bandos comenzaron los gritos, aceleraron todos el paso y los metros de separación empezaron a disminuir. Daniel experimentó una especie de silencio repentino y una visión como de túnel angosto cuando miraba hacia delante…tan solo la cara del rival y…

Vanessa apuraba el paso detrás de su hermano y sus amigos. Decidió que ese día se iba a divertir espiándolos en vez de aburrirse en clase. Con sus rojas botitas de agua, disfrutaba de lo lindo siguiéndolos a distancia mientras ellos llegaban a aquel solar, donde con toda probabilidad iniciaron algún juego muy divertido, a juzgar por los gritos que se oían todo el rato. Luego y en casa, ya le haría creer que lo delataría por hacer novillos si no le hacía los deberes, ja, ja…

…el caos. Salta Daniel con la pierna por delante, aprovechando el hueco que su oponente hace al abrir los brazos para agarrarle, y estampa su talla 38 en la boca del estómago del carasucia. Este encaja el golpe gimiendo y agacha la cabeza. Como si fuera otra persona, se ve a sí mismo aprovechar la postura del rival para propinarle una patada más en la cara y otra de regalo en la mandíbula, descargando con fuerza y con histeria. Se queda mirando atónito al rubio que cae escupiendo sangre; algo parece haberle crujido haciendo un ruido bastante feo. El corazón le late a cien por hora y la visión del líquido rojo corriéndole al otro por la cara le horroriza…

…Para que no la vieran, Vanessa dió un pequeño rodeo y se escondió entre las matas del solar. Aunque nada más hacerlo y fijarse en ellos le entró el espanto. Aquello no era un juego, madre mía. Allí estaban todos ellos: un montón de grandullones cubiertos de barro y agarrándose del pelo. Dándose patadas y puñetazos y rodando por los suelos haciéndose presas. Ya había más de uno llorando, gritando con histeria y asustándola por contagio. Uno de ellos tenía el rostro tan lleno de sangre que la sobrecogió y empezó a temblar de miedo allí escondida, al punto de que se dispuso a huir asustadísima. Pero cuando se levantó, unas manos sucias y toscas la agarraron. Ay, dios, que era aquel guarro que una vez la escupió por la calle…

…y como en sintonía con las lágrimas y regueros de sangre de su rival, de pronto empezó a llover. La inmensa y negra nube que vigilaba encima parecía asqueada de lo que veía y decidió descargar, remojándolos a todos por igual, cosa que nadie pareció advertir. De un vistazo, Daniel percibió que todo aquel pandemonium parecía haberse congelado. Casi todos los oponentes estaban en fase de forcejeo sordo, rodando por el barro y gruñendo. Fornás estaba encima de un Sempere sangrante, al que hacía tragar agua de un charco que enrojecía poco a poco, Efraím tenía un ojo hinchado y su rival le intentaba arrancar -literalmente- el otro, pero la impresionante lluvia de golpes que se llevaba estaban minando al barriobajero.

Un instinto homicida le hizo acercarse por detrás a Fornás y detonarle una terrible patada en la dentadura -casualidad que tenía la boca abierta en ese momento- que hizo que el gordo salvaje se echara al suelo con aullidos. Sempere -que había estado debajo- se levantó tambaleante del charco. Tenía una fea grieta en los labios que se los rajaba de arriba a abajo y un ojo en muy mal estado, además de un tembleque en las piernas.

Daniel vio que Fornás estaba a cuatro patas sangrando por la boca, con varios dientes suyos caídos por la tierra. Sempere, recuperándose algo, le atizó otra patada más en todo el rostro y rugiendo se abalanzó otra vez sobre el. Aquello último, mas que ninguna otra cosa, le hizo experimentar arcadas de puro horror. Intuyó con pavor que aquel solar y ellos mismos estaban malditos; habían conjurado el infierno y este los iba a sepultar a todos en agua, barro y sangre. Miraba en derredor y la lluvia lo volvía todo borroso, pero alto ¿quien…quienes eran los de aquel matorral? Santo cielo, pero si ese era el comadreja y..aquella niña con chubasquero era…

-¡…Cagarro de mierda, le voy a arrancar la cara a la guarra de tu hermana, a mi hermano no le pega nadie…! -decía el Comadreja. Daniel notó una tenaza de hielo que le agarraba las tripas. Estaba demasiado lejos. Una mano estiraba hacia atrás los pelos de su hermana Vani, que lloraba. Lloraba mientras la otra mano de su captor se arqueaba en forma de garra y descendía frente a su rostro…

…y mientras un ladrillo lanzado se estampaba en la cara de Comadreja, que soltó su presa y cayó entre las hierbas. Daniel vio entonces a Chinche, con más munición en la mano.

-Corre, Daniel, llévatela. Yo lo vigilo. Vete, que vienen los vecinos con la policía. Sal por allí delante, por el callejón de la trapería y así no te verán. -Allí estaba Chinche. Se había redimido con todos los honores de su anterior cobardía haciendo esto. Su mirada era firme y muy distinta a ninguna que Daniel le hubiera visto jamás. No participó en la pelea pero sí que se quedó allí después de esta, cubriéndolo y facilitándole el escape. A última hora, decidió que no quería ser el chico que se orinaba de miedo y su gesto final fue quizá lo único cuerdo que hubo aquel día.

Vanessa saltó literalmente hacia su hermano y enfilaron por un callejón lateral oscuro y estrechísimo, uno de esos horrores urbanísticos de los extrarradios que no aparecen nunca en las guías callejeras. Lo habían formado dos gigantescas manzanas adyacentes, separadas apenas por dos metros escasos y por cuyas paredes bajaban cada poco tuberías de agua que ese día vaciaban sin parar, convirtiendo la fisura en un larguísimo riachuelo. El agua estaba desplazando bolsas de basura y otras cosas innombrables. Habían pasado del infierno del solar al purgatorio silencioso y angosto de aquella grieta en el cemento. Daniel miraba cada poco hacia atrás con alarma y agarraba fuerte a Vanessa.

Si en un principio ella no lloró por el alivio de estar al fin con su hermano, ahora si le llegó el turno al llanto quedo y suave. El se había quitado su impermeable y se lo había puesto por encima. Ella casi no tenía ningún rasguño, salvo el pelo despeinado y barro en los zapatos. Daniel le daba un beso de vez en cuando, llorando también de puro alivio.

-Dani, por favor, no le cuentes nada a la mamá, que si digo que no he ido a clase por espiarte a ti me reñirá. -dijo ella entrecortadamente.

-Tranquila, Vani, preciosa, que nadie sabrá lo que has hecho. -Daniel pensó que ese no sería su caso, precísamente. Si hacían indagaciones pronto se harían con todos los nombres.

-Dani ¿verdad que todos esos chicos eran muy malos?

-Sí, Vani, sí que lo eran. -“Como tu hermano, que suelta patadas asesinas y se gana enemigos para siempre” pensó el. Se sabría. Se armaría el follón. Habría que rezar pidiendo algún milagro que lo ocultara y lo volviera invisible…

-Dani ¿mañana me llevarás al cole como siempre?

-Sí, Vani, como siempre. “Y si no emigramos de este barrio tendré aún mas miedo que nuestra madre. Por tí y por mí “. Ese día se había conocido algo a sí mismo. Supo con absoluta claridad que si tocaban a su hermana los mataría…

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Saludines. Dedicado a los amigos que tuve en aquel barrio de la periferia de mi ciudad donde pasé mi infancia y adolescencia.

Recuerda

Publicado: 16 octubre, 2012 de Frankie en Bucles, Ficciones, Olvidos
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Si no fuera por ella, Victor siempre habría estado solo en las inmensidades de aquella factoría, la que le habían encargado vigilar en horario nocturno. Era un trabajo pesado y su matrimonio se había resentido a causa de ello, costándole el divorcio.

La primera vez que la vio se quedó perplejo, y sin voz para preguntarle y exigirle que se marchara ¿Qué demonios hacía allí a esas horas aquella chica morena?

-Vengo aquí porque busco la soledad. Me verás a temporadas. No haré nada malo,  pero no intentes encontrarme… 

Nada más decirle esto desapareció con un movimiento rápido. Se introdujo por un almacén y -aunque el la siguió corriendo y llamándola- después no pudo encontrarla dentro, lo cual era de locos ¿Acaso atravesaba las paredes? Aquella noche la pasó toda en vela, sin ni siquiera permitirse una de sus cabezadas habituales.

Pasaron las semanas y no volvió a verla por ningún sitio. Aunque, por algún motivo que no sabía precisar, en las últimas noches notaba cierta inquietud inexplicable cada vez que iniciaba sus rondas. Casi siempre se descubría mirando pasmado a los gigantescos contenedores de ácido, con su estructura cilíndrica y aquellas dimensiones titánicas. Los circunvalaban unas escalerillas metálicas que ascendían y ascendían…

A el se le perdía la vista en la cima de aquello y entonces reparaba alarmado en que no recordaba haber salido de la caseta de vigilancia, en que ni siquiera llevaba puesto el abrigo…y en que ella estaba allí arriba. Estaba seguro de que conocía a la chica, a pesar de verla tan diminuta en las alturas: la ropa blanca y sucia, los cabellos negros tapándole el rostro y unos ojos que brillaban, reflejando los reflectores de la fábrica. Parecía levantarse los senos desafiante.

Aquellos ojos de ella le decían -y que lo mataran si sabía como-  que habían tenido sexo hacía un instante, un encuentro sexual que no podía recordar. Padecía -a causa de un golpe- amnesia anterógrada. Recordaba quien era, pero no lo que había hecho el día de antes.

La amnesia empezó a manifestársele después de entrar a trabajar allí, con lo que las personas y las rutinas de aquel lugar no habían sido afectadas. Ello no le eximia de apuntar todos los hechos del día anterior por duplicado, tanto en un papel como en un blog en Internet, a medida que los vivía, antes de que el sueño  -o algún suceso intenso (y esto lo aterraba sobremanera)- se los borrara. Sus recuerdos también tenían una notable laguna respecto a los días previos al golpe.

En cuanto al blog, no le importaba que alguien lo leyera, aunque pensaba que era tan aburrido que ni siquiera valía la pena hacerlo privado. Hasta que una tal “Syana” le dijo que lo había localizado y pensaba visitarle en persona, porque le daba morbo y porque “...ya te conozco…” y “...yo fuí la que viste la primera vez…

Si de verdad era Syana su visitante, cada noche tenía a una auténtica pervertida caminando por aquellos lugares. No le cabían dudas leyendo el comentario que le había dejado en la última entrada:  “…Nada más entrar en tu caseta interrumpo la paja que te estás haciendo (se ve que no paras, hijo y lo que me hace gracia es que nunca me recuerdas, jaja) me levanto la falda, me acerco y te planto el coño en la boca, agarrándote por los pelos y tirándote de la silla, cacho mamón. Después y ya tumbadito, te sujeto los brazos en el suelo con las rodillas y te obligo a lamerme (tampoco tú pones mucha objeción) Te palpo detrás, y si la cosa está durita me planto entonces de espaldas a ti y me ensarto y me ensarto hasta plancharte las pelotas…

…el otro día me levanté cuando aún no te habías corrido y eso te supo fatal, Victor. Por primera vez lograste erguirte y atraparme por una pierna antes de que saliera corriendo. Tenía las bragas a medio subir y andaba torpe. Me pusiste boca abajo y me la metiste por el culo, hijo de puta, además de atizarme una hostia. No me lo vuelvas a hacer jamás o te dejaré la próxima vez algo más que ese tajo en la garganta…

Víctor temblaba leyendo aquello. En efecto, llevaba esta vez un corte de parte a parte del cuello, un corte fino pero que le escocía. Al parecer, Syana usaba navaja, cosa que no debería sorprenderle en alguien capaz de colarse por las fábricas buscando falos erectos. Se tuvo que haber relajado después de penetrarla y ella aprovecharía. Era esta la segunda vez que le comentaba en el blog, revelándole entonces lo que pasaba cada noche y el nunca podría recordar por sí mismo. Las vivencias intensas, al parecer, le generaban olvido y ello lo convertía en un puto inválido mental.

A estas alturas, notaba en sí mismo emociones contradictorias. Deseaba con fuerza a aquella mujer y la odiaba por igual. Ella se había convertido en la dueña de sus noches recientes, al ser ella quien se las revelaba. Syana estaba fabricándole su pasado cercano y de rebote le estaba definiendo como persona, otorgándole la historia que le venía en gana. Víctor creía conocerse y no se veía capaz de violar analmente a una mujer, eso lo tenía claro. Y menos propinándole golpes, tal y como le contaba. Pero por desgracia, no existía ninguna otra versión, y se sentía como el títere de una déspota.

Y esa noche, yendo por la zona de los contenedores y mirando hacia una barandilla alta…la vio.

-Eh, quien anda ahí, baje. Está cerrado a estas horas.

-Joder, Víctor, no perdamos tiempo que ya solo queda la mitad de la noche. Escucha y no me interrumpas, te lo suplico.

Llevaba un abrigo negro abierto por encima, las manos con uñas pintadas aferrando la baranda y unas botas altas. Tenía la falda pegada a la piel por el viento, remarcando el vientre, así como unos muslos grandes y fuertes.

-Perdona por la herida del cuello, antes de nada. Creo que aún te quiero Víctor, aunque sé que suena desquiciado. Me enloquece tenerte dentro de mí y eso no puedo negarlo. Siempre te portas como si hacer el amor fuera algo nuevo, tal y como un niño grandote. Como lo que siempre he pensado que eras. Y sin embargo, ahora me das más miedo todavía. Me da miedo que siempre que llego pongas cara de perplejidad, que deje de existir para tí al terminar de follar y que nunca, nunca podremos ser pareja.
Y sobre todo me da miedo por lo que pasó, Víctor. Por lo que ya no recuerdas pero que provocó tu amnesia. Y no puedo seguir mas.

Le lanzó entonces un pequeño objeto a los pies. Era una plaquita con la foto de una pareja. Eran ella y el, eso estaba claro.

-¿? ¿Como? ¿Eramos antes pareja?

-Es una forma de decirlo. Yo venía aquí a visitarte hasta que amenacé con plantarme ante tu ya ex-mujer si no la dejabas. Y te reíste y con ello me hundiste. Dijiste que adelante, que así se volvería loca de celos. Qué paradoja. Estando tú en el hospital ella pidió el divorcio.

-No sé lo que dices, no recuerdo bien ese periodo.

-No, claro que no. Como te dije, al reírte de mi me dejaste hecha polvo. Me di cuenta de que para ti solo era un juguete y eso me dio asco, mucho asco. Y te golpee con una de esas palancas que hay por aquí. Muy fuerte, al punto de que pensé que te había matado.

La estupefacción le consumió al oír aquello. Notó un vacío en su interior y un odio intenso que empezaba a llenarlo, dejándolo partido en dos. Percibía también el repunte de una erección cuando le miraba los muslos -algo que le hizo sentirse vulnerable- al mismo tiempo que temblaba por la furia.

-¡Asquerosa loca de mierda, me dejaste lisiado de por vida! ¡Te voy a matar, pedazo de cabrona!

-Si, siempre lo intentas, jaja. Todas las noches sales corriendo detras de mí después del polvo, pero te fallan las fuerzas. Qué ¿Tampoco lo recuerdas hoy? Lo tuyo sí que es la petite mort, cielo. Tócate la entrepierna, anda, que la tendrás lechosa con todo el condón fuera ¡Cada vez que llegamos aquí a la baranda ya llevas todo el pantalón mojado, jajaja!. Parecemos un episodio cómico que no paran de repetir.

Pero la risa pronto dio paso a un grito y un lloro histéricos, cuando vio a Víctor avanzar furioso hacia ella con una barra metálica. El pensaba que jamás volvería a ser el mismo por culpa de aquella desgraciada, y pensaba abrirle el cráneo como si fuera una sandía.

-Deja ya de intentar matarme, joder, Víctor -dijo histérica y llorando, al tiempo que echaba a correr. -Lo siento. Siento lo que te hice. Siempre te pido perdón cada noche, pero tú no quieres ceder-La desesperación y la súplica teñían su voz, al tiempo que lo miraba asustada cuando avanzaba.

Pasó de la baranda a una de las escaleras que rodeaban los depósitos y empezó a subirlos. Pero esta vez, Víctor subía también tras ella, cosa que la sorprendió vivamente porque era la primera vez que lo hacía. Ascendían y ascendían, el corazón les salía literalmente por la boca y por fin -ella primero- llegaron a las barandillas de la cúspide de aquél enorme cilindro hueco. De dentro subía un colosal pestazo a ácido, y empezaron a jugar a un dramático corre que te pillo agarrados de una barandilla precaria. Parecían dos hormigas correteando por la orilla de un gigantesco vaso.

Y el destino jugó entonces su pasada. Una estructura metálica cerraba el reborde, impidiendo rodearlo del todo. Pronto Víctor estuvo casi encima de ella con la barra semiescondida. Le agarró por el cuello con una mano,  fuerte y obligándola a  que mirara hacia abajo.

-Noto que te falta el aire, cabroncilla. Eso de ahí abajo es sulfúrico y no quedará nada de ti.

Y en ese instante, Syana logró sacar una navaja y clavársela en el estómago. Victor, estupefacto y rabioso, le golpeó con la barra en la cabeza, una y otra vez. En un momento dado, notó que los ojos de ella le miraban ya sin vida. Pero también sentía su propia sangre como le salía por el vientre.

Los ojos se le nublaban, las piernas se le aflojaban y -antes de caer los dos al horror de abajo- sintió un último impulso. Inesperadamente, atrajo hacia el su rostro y la abrazó. Tan solo experimentó -antes de expirar y caer al vacío- un brote de…lágrimas.


El jardín

Publicado: 4 octubre, 2012 de Frankie en Bucles, Ficciones, Olvidos
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La pista me la dieron aquellas pesadillas mías tan cromáticas.

Siempre soñaba con escenas llenas de amarillos fortísimos, de azules rozagantes, de verdes que desbordaban y de rojos color sangre, de la misma que veía derramarse casi siempre en todos los sujetos que tenía cerca, como si yo portara una maldición.

No puedo ni podré comprender jamás la lógica de ese extraño país, que conecta con el nuestro a través del desvanecimiento de cada noche. E ignoro por completo si la escena a la que llegaba poseía algún orden previo o esquema oculto, más allá de percatarme de que entraba a un jardín donde celebraban alguna fiesta.

La palabra fiesta se podría permutar por la de reunión o mera coincidencia espacial, porque si algo había que sobraba allí eran, precísamente, el espacio y la amplitud. Los setos eran altísimos y se curvaban, formando laberintos que desembocaban inesperadamente en fuentes y plazoletas con estatuas grotescas. La gente las rodeaba, contoneándose con sus ropajes y peinados aparatosos.

Me daba la sensación de que el engranaje complejísimo de aquellos vestidos dependía por completo de la laxitud de los movimientos para no deshacerse. No podía existir ningún gesto menos lánguido que el anterior, ninguna risa demasiado convulsa ni giros imprevistos. Eso sí, todos los convidados miraban cada tanto hacia algún lado, congelando el gesto para después continuar. Incluso las parejas que copulaban en público, envueltas en sus inmensas ropas, suspendían el jadeo y atisbaban hacia el final de los caminos.

Veía como aquella floresta ajardinada subía hacia mí. O, quizá y más correctamente, yo bajaba hacia ella mientras cobraban forma aquellas escaleras de mármol anchísimas, rematadas en todo lo alto por una especie de columnas al estilo griego. Por ellas atisbaban rostros maquillados y sorprendidos in fraganti. Me notaba encima una capa enorme y pesadísima de color morado, mientras subía los escalones y la gente giraba sus rostros para verme ¿Acaso me esperaban? ¿Sabían ya quien era yo?

Y verme les provocaba un enorme jadeo, como si el mismo fuera el último estertor de su vida. En ese momento ya no intercalaban aquellos gestos congelados de antes, porque este jadeo final era ya el último, era una mueca en la que tan solo poseían ojos para enfocarme, atónitos por el final de la fiesta.

Algunas mujeres mostraban un surco incipiente de sangre que les salía del cuello y se deslizaba por entre los senos, formándoles en el escote una inmensa mancha rojiza, que se agrandaba fuera de todo control y terminaba saliéndoles por las mismísimas mangas del vestido.

Mi horror crecía al percatarme de que podía oler aquella sangre y de que deseaba beberla, hasta calmar una sed gigantesca que sentía todo el rato. Advertía que la concurrencia parecía experimentar una extraña flojera en las extremidades, que hacía que se tambalearan todos ellos. Era como si fueran peonzas humanas que poco a poco pierden velocidad, hasta irse derrumbando sobre sus increíbles ropajes, que amortiguaban la caída con un siseo.

-“…Llega el Segador, llega el Segador, lleg…” La frase más que oírla la veía, la leía en los labios oscuros de aquellas geisas de fantasía, cuando formaban las palabras con expresión desencajada, agarrándose fuertemente el corpiño con una mano y deshaciendo con la otra sus peinados complejos y estrafalarios y mirándome.

Y qué demonios, nada tan horrible en una pesadilla como darse cuenta de que TÚ eres la fuente y el origen del horror, de que no hay manera de evitarlo porque tú, precísamente, eres su estandarte. No entendía el impulso homicida y fagocitador que me movía hacia aquella gente que se postraba en el suelo. Y este movimiento de rendición que hacían fue lo que me permitió verla…

Por uno de aquellos pasillos de columnas avanzaba una muchacha vestida tan solo con una batita blanca. Era muy joven, en realidad una adolescente comparada con los demás. Llegó hasta mí sin miedo alguno, porque esta vez el miedo era mío. Un miedo y una enorme sensación de pérdida, como la amputación de algo que alguna vez me fue muy querido y que ya había olvidado. Parecía musitar algo y, por dios, que no fuera mi nombre, que no fuera mi nombre…

La chica tenía un pelo sencillo, liso y me miraba llorando, con sus dos enormes ojeras. Yo recordaba aquél rostro anegado en lágrimas y sufría y sufría porque -aunque no podía precisar quien era- me sabía culpable de su desaparición, de su óbito. La concurrencia a mi alrededor ya se difuminaba, una escarcha lo iba cubriendo todo y la misma joven desaparecía junto con aquel jardín. Sé que volveré allí otras noches sin quererlo y tan solo espero no ser yo esta vez la fuente del terror, porque ya voy entendiendo la pista, ya sé quien pudo haber sido ella.

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Salud y dulces sueños, je, je.