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¿Como? ¿Que aún no conocéis a este famoso espíritu haitiano? Pues es de lo más simpático, y si no me creéis seguid leyendo.

El hecho de que sea mitológico no lo vuelve menos real, a fin de cuentas ¿acaso no hay innumerables personas en Occidente que “dialogan” todos los días con Yahvé o Jesucristo? Pues entonces no seamos tiquismiquis.

En vudú, el Barón Samedi es un loa. Etimológicamente Samedi significa “sábado” en francés, así que a veces es normal encontrar una transcripción de su nombre como Barón Sábado. Es el loa de la muerte, junto con sus otras encarnaciones, el Barón CimetièreBaron La Croix y Barón Kriminel. A menudo se le describe portando un sombrero de copa, un traje de chaqueta negro, cuencas vacías en lugar de ojos y tapones de algodón en los orificios de la nariz. Tiene la cara pintada de blanco como una calavera y habla con voz nasal. Es uno de los Guédé, o una de sus encarnaciones, o posiblemente su padre espiritual. Su esposa es la loa Maman Brigitte.

El Barón Samedi acecha en los cruces de caminos, donde las almas de los muertos pasan en su camino a Guinee. Además de ser el omnisciente dios de la Muerte, es también un dios sexual, más concretamente del sexo violento y sadomasoquista, y es representado a menudo por símbolos fálicos y caracterizado por su personalidad obscena y siniestra, además de por su particular cariño por el ron. Es también el dios de la resurrección, pues solamente el Barón puede aceptar a un individuo en el reino de los muertos. Si él está de buen humor puede conceder a sus seguidores que sigan viviendo, pero si está de mal humor podría cavar sus tumbas demasiado pronto y enterrarlos vivos o aún peor, traerlos como zombis.

Lo consideran un juez sabio, y un mago de gran alcance. Es notorio su Baron_Samedi_by_Haakicomportamiento indignante y libertino, jurando continuamente y gastándoles bromas asquerosas a los otros espíritus. Es cruel y sádico en su trato. Como se dijo más arriba, está casado con otra deidad de gran poder conocida como Maman Brigitte, pero persigue a menudo a mujeres mortales. A diferencia de otros loas, que prefieren a las mujeres vírgenes y puras, el Barón prefiere a las amantes expertas, a las prostitutas y a las mujeres fatales. Aunque, una vez dicho esto, el Barón jamás niega su amor a ninguna mujer hermosa. Su libertinaje y las constantes infidelidades hacia su mujer lo hacen comparable al dios de la mitología griega Zeus. Le encanta fumar y beber y raramente se le ve sin un cigarro en su boca o un botella de ron en sus dedos huesudos.

El barón tiene una legión de espíritus bajo su control. Estos espíritus visten todos como el Barón, de oscuro como su amo y ayudan a llevar a los muertos al mundo terrenal.

El Barón Samedi tiene su origen en el Nuevo Mundo, no en África. El dictador de Haití François “Papa Doc” Duvalier era conocido por vestirse como el Baron Samedi, lo que le ayudó a oprimir a la población rural de la isla.

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Menos la introducción inicial, el texto ha sido fusilado sin contemplaciones de la Wikipedia. Tan solo con este depravado personaje, digno del mejor Tim Powers, la mitología de Haití ya se puede codear con toda la helénica, juasjuas.

Saludines, mis loas…

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Este verano que viene no va a existir, al menos en Europa Occidental y puede que por más sitios. Alternarán semanas frías con semanas cálidas, lloverá algo más de lo habitual y se dice que podría presentarse una “anomalía fría” atmosférica que duraría unos tres meses. Así nos chafa la alegría un canal meteorológico francés, que ha dejado a media UE sin habla. Esta fenomenal tocada de pelotas climática ha sido causada -entre otras- por la Groenlandia esa de las narices, que al derretirse altera las corrientes oceánicas y todas esas cosas tan complicadas.

Escribo esto hondamente traumatizado, advierto, tanto por perder mi adorado veranito clásico como por el hecho de llevar más de tres meses sin actualizar esta cosa llamada blog. La culpa -la de todo, tanto lo del blog como lo del verano- la tiene esa alteración de las grandes corrientes marítimas en esta primavera loca y esquizofrénica que nos invade.

Los flujos de mis ideas también se ven modificados por los caprichos del clima. En los días de borrasca, las ocurrencias se atropellan unas a otras, divididas en frentes contrarios. Terminan por anularse mutuamente y así no hay quien escriba.

Por el contrario, en los días de anticiclón, las altas presiones no dejan sacar el plumero a la inspiración y resulta imposible llenar más de dos líneas. Y cuando llueve, los argumentos se mojan y se deshacen y la pantalla se ríe de mí. Si el tiempo es demasiado seco, por contra, mis corrientes de pensamiento languidecen y no llegan a desembocar en este blog, tan amado por mí y por vosotros, queridos seguidores, ay…

El verano es un tiempo raro, profundamente extraño y anómalo, y ya lo es y ha sido sin necesidad de que lo alteren corrientes oceánicas de ninguna clase. No podemos concebirlo sin comparar los de ahora con los de la niñez, cuando cerraban los colegios y los niños y no tan niños quedábamos abandonados a nosotros mismos, terminando al final de la época en estado semisalvaje. Tanto tiempo libre, tanto sol, tantas fantasías por cumplir. Y qué entrada tan rara, por dioss, jajaja.

Saludos. Ritornando.

El ascenso del guerrero

Publicado: 22 enero, 2013 de Frankie en Cuentos, la epopeya
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Hacía calor o así se lo parecía a Adriano. Aquella realidad aplastante se imponía a través del sudor que le provocaba el suéter que llevaba puesto, un testimonio de las infinitas precauciones a las que le había obligado aquel maldito invierno, en el que su fragilidad ante el resfriado había quedado en evidencia por primera y vergonzosa vez.

¿A donde habían ido todos aquellos pasados inviernos de fortaleza exhibicionista, de desprecio de abrigos, bufandas, calcetines gorditos y otros horrores, más apropiados para organismos carcamalescos y con termostatos defectuosos?

En todo caso, Adriano notaba que sus antiguas energías telúricas  retornaban guerreras. Aquellos picores por todo el cuerpo, aquella comezón que le impelía a despojarse del jersey ignominioso y castrante. Su liberación personal la comenzó desvistiéndose a la altura del número 14 de la avenida, provocando que algunos viandantes pertenecientes a la Era del Frío miraran con asombro la fina camisa veraniega con la que se quedó expuesto al viento de Enero. Emboscados en sus bufandas y cuellos altos, los pinguinescos y forrados peatones le dirigían miradas incisivas, con sus ojillos semicerrados por la violencia del aire.

Y cuando la audacia comienza no puede sino continuar. Extrajo las pastillas mentoladas para la garganta y las arrojó a la papelera, mirando a la concurrencia con gesto de triunfo. A continuación se despojó de la camisa, quedándose con la sencilla camiseta que llevaba debajo, aunque la misma bien podía pasar por un nicki deportivo, qué demonios.

Notaba en su interior una presión, algo así como una exigencia de liberación que le empujaba a desafiar la dictadura climática imperante. La televisión había dicho que se avecinaban tres días de vientos cálidos del sur y el pensaba aprovechar los mismos para vivir de nuevo. Pensaba reconciliarse con Tessa,  su hija de 20 años. A fin de cuentas, no era sino una jovencita como todas, que vestía como una asistenta del conde Drácula, tomaba drogas a escondidas a dos metros de sus padres y escuchaba discos al revés por si oía a Satán.

Si se descontaba algunas décadas se recordaba asimismo haciendo cosas parecidas e incluso más atrevidas todavía. En su época estaba todo menos inventado y la sensación de riesgo y desafío era mucho mayor que ahora. Al fin y al cabo, su hija y la legión de criaturas de ultratumba a quienes llamaba “amigas” contaban con padres que navegaban por la red y hablaban de videojuegos y novelas de vampiros. En realidad y descontando los años infantiles de la chica, no recordaba haber ejercido la paternidad en su casa. Tessa creció y al hacerlo se incorporó automáticamente al ecosistema doméstico, una celda más en la colmena urbana en donde ella y sus dos padres pasaban el tiempo libre mirando cada cual su propia pantalla y obviando el hecho de la cercanía física.

Adriano, a todo esto, seguía sudando por la calle y mientras lo hacía rememoró otra vez con turbación las fotos de Facebook pertenecientes al muro de su hija y que el había atisbado, cuando ella se levantó un instante y se dejó la cuenta abierta. Bueno, de atisbar nada, seamos sinceros: las había mirado con toda intención. Y haciéndolo comprobó, de facto y por primera vez, que su hija ya era una adulta sexuada. Precisamente, algún amigo le había colgado unas imágenes suyas totalmente desnudo y sudoroso. El comentario de Tessa –“Te lamía todas las gotas”– le supuso un shock, la leche…

No podía dejar pasar aquello. Le dio a la opción de “denunciar” que llevaba la imagen. Y encima y como estaba en la propia cuenta de ella, aprovechó para bloquear al insoportable y lascivo fulano que le mostraba los glúteos a su niña querida. Cogió y le mandó un mensaje antes de ello, no obstante, asegurándole al tipejo que ella (por Tessa) era una convencida lesbiana cortapollas (rogando mentalmente el perdón de Tessi, ay, dios, qué trances) y que si lo había aguantado hasta ahora era simplemente para comprobar lo patético que era.

Una vez hechas todas estas barbaridades se quedó mirando la pantalla con temblequeras. Ya le había dado al “enviar”. Se preguntaba si no estaría loco, pero el sabía que no. Lo suyo era aversión al enfrentamiento, cosa que le había hecho descender al tercer puesto tácito de la jerarquía hogareña, por detrás de las dos hembras dominantes con las que vivía. Haciendo esta pequeña travesura se aseguraba de obstaculizar una relación. Así, sencillamente ¿no?

Lástima, ay, que su hija apareció por detrás justo en ese momento, dándole un susto de muerte y haciendo que la relación padre/hija casi se invirtiera: “Como has podido” “No te da verguenza” “No tienes derecho, soy ya mayor de edad. Mi PC  es mío y mi vida también”.

Sus posteriores “¿Quien era ese despelotado?” “Mientras vivas aquí no quiero locuras”  así como “Lo hago por tu bien” chocaron con el portazo de su hija y la mirada estupefacta de Laila, su mujer.

Tómate tu vaso de leche. Hace ya rato que te lo puse en la encimera -le dijo Laila con frialdad.

Adriano tardó un rato en hacerlo, saliendo un momento al balcón. Cuando por fin entró a tomárselo la leche le sabía rara, yéndose después de ello a la calle para ver si se le pasaba el enfado. Y después de caminar y caminar con todos estos recuerdos volvía de nuevo a casa. Confiaba en encontrar a Tessa todavía en su habitación, aunque primero se daría una ducha porque aquel sudor iba a más. Uuf, diablos, se sentía genial.

Caminaba a velocidad de crucero, adelantando a una masa de torpones embutidos en ropas gruesas, que parecían ralentizados y como sonámbulos ¿Serían todos unos zombies acaso? Bueno, se nacía joven o se nacía viejo y el sabía muy bien en que bando estaba. Podía ahora comprender a su hija y a sus silencios. Se sentía sola, con unos padres semiautistas que tenían menos energías vegetativas que un caracol. Pero sus propias energías habían vuelto: se notaba ardiendo y el roce de la camiseta con las tetillas se las ponía duritas ¿Estaría volviendo su cuerpo a la adolescencia ese día?.

Cuando entrara en la casa y dado como se sentía, Laila y el harían el amor primero que nada. Percibía ya una erección formándosele en la entrepierna, ja, ja. Caray, si ya estaba en su patio y bajaba una vecina en ese momento, aquella rubia madurita y de buen ver del tercero. A tal punto la encontró atractiva que la erección se le reforzó más todavía y al tradicional “Buenos días” le añadió un beso enviado al aire que la provocó un gesto de estupor.

Los ascensores estaban ocupados y el se axfisiaba allí, en el entresuelo, dioss. Abrió un enorme tragaluz que llevaba años cerrado trepando por el sofá del vestíbulo. Se descalzó para no mancharlo y después de ello encontró fantástica la frialdad del suelo, al punto de que se quitó hasta los calcetines ¿Y porqué narices no bajaban ya ninguno de esos dos mierdosos ascensores ?

Decidió que subiría a pie. Eran diez pisos pero se notaba fuerte como un toro y ligero, muy ligero. Descalzo como iba, notaba con detalle el tacto de las escaleras. Se imaginó que los guerreros indios se sentirían así cuando corrían por la rocas y el desierto, desnudos excepto por un simple taparrabos ¿Y porqué no, ahora que lo pensaba? ¿Porqué no darle una sorpresa a Laila y a su hija? A fin de cuentas, sabía de familias que vivían en comunas nudistas por lo que paró un instante, percatándose de la enloquecida velocidad de su corazón al hacerlo y se despojó de toda su ropa. Hizo un hatillo con ella y se la ató al cuello pasándosela detrás.

Cuando lo hizo notó como un hormigueo desatado por todo el cuerpo y un torbellino de imágenes velocísimas en el cerebro. Ya no subía por una escalera de vecinos, sino que invadía una fortaleza enemiga. Su casa era una cueva cuya puerta en este momento aporreaba, carcajeándose como un maníaco y portando una erección descomunal, como si fuera el dios Pan. Esperaba que no abriera su hija, qué caramba, que en los últimos tiempos le atormentaba con aquellas turgencias suyas, demonio de chica. Quizá perdonara algún desfogue paterno, muy cotidiano en algunas culturas tribales, por cierto…

Quien abrió fue Laila, qué llevaba el móvil en la mano y lo miró desencajada. Adriano notaba las sienes ardiendo, así como un resplandor intensísimo que lo llenaba todo. A pesar del momento tan particular, recordaba -de forma inconexa- que su móvil también había estado sonando mientras regresaba hacia su casa. Detrás de Laila, Tessa miraba desde la puerta de su habitación. Lloraba y lo miraba con cara de auténtico terror.

El resplandor místico aumentaba, el corazón reventaba allí adentro y la saliva le desbordaba la boca. Era muy feliz y ya no deseaba violar a nadie. Pensó que quería muchísimo a sus dos princesas, que las amaba con intensidad y hasta el tuétano, como jamás había querido ni amado a nadie en este mundo ¿En este mundo? ¿En qué mundo estaba ahora si ya ni siquiera veía las paredes y tan solo existían unos brazos que le sujetaban mientras caía y caía…?

Tiempo, tiempo y más tiempo. Tubos que le entraban por la nariz y por la boca, agujas que se le metían por las venas, aire que le entraba forzado por una mascarilla. De vez en cuando, abrir los ojos y volverlos a cerrar de nuevo. Abrir y volver a cerrar. Hasta que, en un momento dado, los dejó abiertos del todo. Vió la cara de ¿de quien? ¿Quien era aquella mujer de unos cuarenta y algo con ojeras?

…Adriano, soy yo. Laila -Notaba una tensión enorme en ella cuando hablaba –Perdónala por dios. Se enfadó muchísimo cuando entraste en su cuenta y..y cometió una locura. Te puso en el vaso de leche alguna especie de pastilla de las que pillan a veces los jóvenes. El médico dijo que podría haber sido una sobredosis de metaanfetamina, éxtasis o algo parecido no sé. Pero enseguida salió a decírmelo y yo te llamaba y llamaba pero no lo cogías...

Algo se despejaba en su cabeza, poco a poco ¿Laila? Recordaba haber conocido a alguien así. No solo eso. Recordaba también haber querido mucho a una persona muy similar, con ese tacto y ese olor, con esa misma intensidad en la mirada. Había compartido una buena temporada de su vida con esa mujer que recordaba de forma tan neblinosa, delegando casi todas las decisiones importantes en ella. Recordaba que era una mujer que hacía de escudo ante ¿ante una hija? ¿Tenía una hija? Sí, la tenía. Convivía con dos mujeres a quienes hacía años que no prestaba atención y de las que había conseguido que respetaran su silencio y su espacio, mediante el método de ignorarlas casi del todo.

-...eh, Laila, yo… iba hacia casa. Me sentía joven, muy joven, mejor que nunca. Quería ser amigo de ella, de mi hija ¿Tess.? Sí, de mi hija Tessa. Y te quería hacer el amor. Porque eres tú esa mujer ¿verdad? ¿Tú eres mi mujer?

Sí, Adriano, sí, vuelve ya y recuerda, por favor, por dios. Soy yo, Laila. Tu mujer, claro. Tess no se atrevía a venir, pero está destrozadita. Pensabamos que te morirías. Has estado en coma dos semanas

Sí, ya, ya recuerdo. Recuerdo bien claro lo que soy. Soy un guerrero indio, Laila  y nuestra casa es mi choza. Mi falo es la envidia de todas las tribus y mi hija será princesa de las praderas. Tu y yo caminaremos desnudos bajo el sol todos los días. Somos la realeza de la tribu y nuestra desnudez es privilegio de reyes…-Así le dijo mirándola intensamente.

Laila se le quedó mirando pero con terror. Santo cielo, Adriano se había trastornado y quizá para siempre. Aterrorizada, se levantó para buscar una enfermera, cuando volvió a escucharlo pero esta vez riendo…

-Ja, ja, ja, ja, ja, que noo, Laila, que noo, que soy el tontainas normalillo de siempre, ja, ja,ja,ja. Ven aquí anda, jaja -Y esta vez, su mirada estaba serena y lúcida, posiblemente por primera vez desde que despertara, para el inmenso alivio de ella que se dejó caer de nuevo en la silla, tan solo disfrutando otra vez de su risa, aquella risa que hacía tiempo ya, por cierto, que no había escuchado en la casa.

-Perdono a Tess, pero habrá que hablar muy seriamente con esa criatura, antes de que se vuelva a pasar con otra dosis de esa porquería. Vaya con la niñita…

-Ya, claro. Y también habrá que enseñar a alguien algo de etiqueta y privacidad para con los ordenadores ajenos. Vaya con el niñito -remató Laila con cierta acidez.

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Armagedón

Publicado: 31 octubre, 2012 de Frankie en Cuentos, Ficciones, la epopeya
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Daniel estuvo a punto de espetarle algo a su hermanita y darle un empellón hacia la puerta de la escuela. Sobre todo porque en esos momentos veía en la acera de enfrente la mirada burlona de Efraím, el eterno repetidor. Pero algo en el tono de  ella, un atisbo de angustia o de tensión al mirarlo, lo impidió. No la besó, pero si que le agitó el pelo con suavidad.

-Anda vete ya, Vane. Yo ya entraré… más tarde.

Miró como la engullía el rebaño de gente que entraba, una figurita pequeña que desaparecía. Quizá lo último familiar que vería ese día. Porque Efraím ya le gritaba:

-Venga, Dani, dale ya el besito. Luego le das otro al Fornás cuando lo veas, ja, ja, ja. Aquello arrancó risas nerviosas de los demás y taquicardia en Daniel. Fornás Cervera era la bestia parda del barrio, sobre todo de los que iban a la escuela de pago. Un grandullón gordo y pegón, que lideraba a lo peorcito de la escuela que habían edificado en uno de los solares de aquel barrio de inmigrantes de toda España.

Comprobó que sus compañeros tampoco llevaban uniforme ese día. Había una excursión escolar voluntaria a la que se habían negado, aunque en casa dijeron que sí que iban para despistar. Se miraron todos pero a casi nadie le salían las palabras, con lo que arrancaron a caminar a una, todos con la mirada expectante hacia el frente.

Debíamos ser treinta, joder y solo hemos venido quince. La puta mitad, hostia. Los del San Vicente nos van a inflar a palos -A Sempere se le ponía la cara roja como un tomate por la furia. Esa rabia suya y su tamaño lo convertían en un activo valioso. Quizá por ello, más de uno se había pegado a su lado mientras iban atravesando las calles hacia la cita, semejando una jauría de lobeznos. Muchas de esas calles no estaban asfaltadas todavía y eran puros barrizales. Un Renault 8 pasó rápido al lado de ellos salpicándoles…

-¡Eh! ¡hijo de puta!-le gritaron todos, descargando algo el exceso de adrenalina y la tensión. Alguno que otro casi parecía querer perseguir al coche.

Daniel no gritó porque se sentía tan irreal como si estuviera en un sueño. No solamente era miedo lo que tenía. También y en los últimos tiempos odiaba a Fornás y a su repugnante hermano, el Comadreja. Este último le había escupido con gesto de víbora a Vane cuando volvían a casa días atrás. Recordaba claramente la carita de ella, llena de la asquerosa saliva de aquella sabandija, y el como no paraba de llorar durante todo el camino mientras el la limpiaba y oía burlas desde la acera de enfrente. No podía olvidar tampoco el gesto de ansiedad de su madre mientras consolaba en casa a la niña.

-Apretad bien los puños y cubríos bien. Y dadles patadas con las chirucas que llevamos todos. -dijo Efraím, con aires de estar en una película. Este, Sempere, Marcial y alguno más eran los pesos pesados, los que tenían alguna posibilidad de repartir en vez de recibir. Los demás y el mismo formaban el conjunto de las ambivalentes tallas medias; los que tanto podían crecerse como venirse abajo. Por su parte, el Chinche, bajito sin remisión, parecía sobreexcitado, como si hoy fuera a consagrarse.

Y de pronto, cuando se terminó la calle al tomar una curva, allí estaba: un solar sórdido y enorme que apareció de repente, provocando que todos se quedaran clavados al borde. Había una extensa explanada, toda ella de puro barro y más allá unas malezas enormes como de jungla primordial, lleno todo con aquellos ladrillos rotos que invadían cada rincón como una plaga.

No se veía a nadie esperando, eso para empezar. -Se habrán cagado de miedo y habrán pasado de venir. -dijo uno, pero todos sabían que no iba a ser así. Miraban el cielo encapotado, con una inmensa nube negra justo encima del solar y buscaban entre las matas hasta que…-¡Mirad allí! ¡Los del San Vicente! -era Chinche.

Se habían asomado varios de golpe entre las matas. Destacaba entre ellos, Fornás, un chico cetrino y corpulento que tenía el pelo crespo y muy negro, y que llevaba una chaquetilla de cuero imitado, raída y con el cuello levantado. Se los quedó mirando amenazador, con un odio tan intenso que casi le hacia contorsionar el gesto. Y en ese momento crucial, extendió los puños hacia adelante y pegó un alarido tan poderoso que debió resonar en todo el barrio.

Daniel y los demás se quedaron tiesos de la impresión. Todos los de enfrente se unieron al grito del líder y de pronto aquel solar reverberaba de aullidos. Parecían una manada de babuinos furiosos y ciertamente era algo tosco y ridículo, pero intimidaba. Efraím, muy en su papel de líder, se percató de que había que cortar pronto aquel teatrillo. Sacó de la cazadora una pistola de postas, que de lejos parecía algo más, y soltó un disparo al aire. …¡baaanngg!

Aquello hizo su efecto; los sobresaltó y los calló. -Venga gallinas cluecas, dejad ya de chillar y alinearos. En fila y uno contra uno, como dijimos. -les gritó. Algunos incluso se rieron del sobresalto rival. Fornás tan solo hizo un gesto y enseguida salieron los suyos de los matorrales abriéndose en abanico, una maniobra que imitó todo el mundo allí menos Chinche, que se quedó quieto atrás mirando a Daniel con la cara pálida. A este le quedaría para siempre en la retina una imagen fugaz y chocante: la de su amigo orinándose por el camal con los ojos saltones y la boca muy abierta.

Formaron dos filas que avanzaban a través del barro, buscando alinearse cada uno frente a  su oponente basándose en fobias personales. Durante un momento de pánico, Daniel vio que estaba en el meridiano del mismísimo gordo monstruoso, hasta que Sempere lo agarró y con un gesto le dijo: “Déjamelo a mí”. Se puso entonces a buscar con frenesí al Comadreja, al que parecía haber visto antes y a quien ahora parecía imposible ubicar ¿Donde coño estaba? ¿Escondido entre las matas?

A falta de aquel, se encaró con un chico rubio de cara sucia, que era más o menos de su talla y también lo miraba ansioso. En ese momento y en los dos bandos comenzaron los gritos, aceleraron todos el paso y los metros de separación empezaron a disminuir. Daniel experimentó una especie de silencio repentino y una visión como de túnel angosto cuando miraba hacia delante…tan solo la cara del rival y…

Vanessa apuraba el paso detrás de su hermano y sus amigos. Decidió que ese día se iba a divertir espiándolos en vez de aburrirse en clase. Con sus rojas botitas de agua, disfrutaba de lo lindo siguiéndolos a distancia mientras ellos llegaban a aquel solar, donde con toda probabilidad iniciaron algún juego muy divertido, a juzgar por los gritos que se oían todo el rato. Luego y en casa, ya le haría creer que lo delataría por hacer novillos si no le hacía los deberes, ja, ja…

…el caos. Salta Daniel con la pierna por delante, aprovechando el hueco que su oponente hace al abrir los brazos para agarrarle, y estampa su talla 38 en la boca del estómago del carasucia. Este encaja el golpe gimiendo y agacha la cabeza. Como si fuera otra persona, se ve a sí mismo aprovechar la postura del rival para propinarle una patada más en la cara y otra de regalo en la mandíbula, descargando con fuerza y con histeria. Se queda mirando atónito al rubio que cae escupiendo sangre; algo parece haberle crujido haciendo un ruido bastante feo. El corazón le late a cien por hora y la visión del líquido rojo corriéndole al otro por la cara le horroriza…

…Para que no la vieran, Vanessa dió un pequeño rodeo y se escondió entre las matas del solar. Aunque nada más hacerlo y fijarse en ellos le entró el espanto. Aquello no era un juego, madre mía. Allí estaban todos ellos: un montón de grandullones cubiertos de barro y agarrándose del pelo. Dándose patadas y puñetazos y rodando por los suelos haciéndose presas. Ya había más de uno llorando, gritando con histeria y asustándola por contagio. Uno de ellos tenía el rostro tan lleno de sangre que la sobrecogió y empezó a temblar de miedo allí escondida, al punto de que se dispuso a huir asustadísima. Pero cuando se levantó, unas manos sucias y toscas la agarraron. Ay, dios, que era aquel guarro que una vez la escupió por la calle…

…y como en sintonía con las lágrimas y regueros de sangre de su rival, de pronto empezó a llover. La inmensa y negra nube que vigilaba encima parecía asqueada de lo que veía y decidió descargar, remojándolos a todos por igual, cosa que nadie pareció advertir. De un vistazo, Daniel percibió que todo aquel pandemonium parecía haberse congelado. Casi todos los oponentes estaban en fase de forcejeo sordo, rodando por el barro y gruñendo. Fornás estaba encima de un Sempere sangrante, al que hacía tragar agua de un charco que enrojecía poco a poco, Efraím tenía un ojo hinchado y su rival le intentaba arrancar -literalmente- el otro, pero la impresionante lluvia de golpes que se llevaba estaban minando al barriobajero.

Un instinto homicida le hizo acercarse por detrás a Fornás y detonarle una terrible patada en la dentadura -casualidad que tenía la boca abierta en ese momento- que hizo que el gordo salvaje se echara al suelo con aullidos. Sempere -que había estado debajo- se levantó tambaleante del charco. Tenía una fea grieta en los labios que se los rajaba de arriba a abajo y un ojo en muy mal estado, además de un tembleque en las piernas.

Daniel vio que Fornás estaba a cuatro patas sangrando por la boca, con varios dientes suyos caídos por la tierra. Sempere, recuperándose algo, le atizó otra patada más en todo el rostro y rugiendo se abalanzó otra vez sobre el. Aquello último, mas que ninguna otra cosa, le hizo experimentar arcadas de puro horror. Intuyó con pavor que aquel solar y ellos mismos estaban malditos; habían conjurado el infierno y este los iba a sepultar a todos en agua, barro y sangre. Miraba en derredor y la lluvia lo volvía todo borroso, pero alto ¿quien…quienes eran los de aquel matorral? Santo cielo, pero si ese era el comadreja y..aquella niña con chubasquero era…

-¡…Cagarro de mierda, le voy a arrancar la cara a la guarra de tu hermana, a mi hermano no le pega nadie…! -decía el Comadreja. Daniel notó una tenaza de hielo que le agarraba las tripas. Estaba demasiado lejos. Una mano estiraba hacia atrás los pelos de su hermana Vani, que lloraba. Lloraba mientras la otra mano de su captor se arqueaba en forma de garra y descendía frente a su rostro…

…y mientras un ladrillo lanzado se estampaba en la cara de Comadreja, que soltó su presa y cayó entre las hierbas. Daniel vio entonces a Chinche, con más munición en la mano.

-Corre, Daniel, llévatela. Yo lo vigilo. Vete, que vienen los vecinos con la policía. Sal por allí delante, por el callejón de la trapería y así no te verán. -Allí estaba Chinche. Se había redimido con todos los honores de su anterior cobardía haciendo esto. Su mirada era firme y muy distinta a ninguna que Daniel le hubiera visto jamás. No participó en la pelea pero sí que se quedó allí después de esta, cubriéndolo y facilitándole el escape. A última hora, decidió que no quería ser el chico que se orinaba de miedo y su gesto final fue quizá lo único cuerdo que hubo aquel día.

Vanessa saltó literalmente hacia su hermano y enfilaron por un callejón lateral oscuro y estrechísimo, uno de esos horrores urbanísticos de los extrarradios que no aparecen nunca en las guías callejeras. Lo habían formado dos gigantescas manzanas adyacentes, separadas apenas por dos metros escasos y por cuyas paredes bajaban cada poco tuberías de agua que ese día vaciaban sin parar, convirtiendo la fisura en un larguísimo riachuelo. El agua estaba desplazando bolsas de basura y otras cosas innombrables. Habían pasado del infierno del solar al purgatorio silencioso y angosto de aquella grieta en el cemento. Daniel miraba cada poco hacia atrás con alarma y agarraba fuerte a Vanessa.

Si en un principio ella no lloró por el alivio de estar al fin con su hermano, ahora si le llegó el turno al llanto quedo y suave. El se había quitado su impermeable y se lo había puesto por encima. Ella casi no tenía ningún rasguño, salvo el pelo despeinado y barro en los zapatos. Daniel le daba un beso de vez en cuando, llorando también de puro alivio.

-Dani, por favor, no le cuentes nada a la mamá, que si digo que no he ido a clase por espiarte a ti me reñirá. -dijo ella entrecortadamente.

-Tranquila, Vani, preciosa, que nadie sabrá lo que has hecho. -Daniel pensó que ese no sería su caso, precísamente. Si hacían indagaciones pronto se harían con todos los nombres.

-Dani ¿verdad que todos esos chicos eran muy malos?

-Sí, Vani, sí que lo eran. -“Como tu hermano, que suelta patadas asesinas y se gana enemigos para siempre” pensó el. Se sabría. Se armaría el follón. Habría que rezar pidiendo algún milagro que lo ocultara y lo volviera invisible…

-Dani ¿mañana me llevarás al cole como siempre?

-Sí, Vani, como siempre. “Y si no emigramos de este barrio tendré aún mas miedo que nuestra madre. Por tí y por mí “. Ese día se había conocido algo a sí mismo. Supo con absoluta claridad que si tocaban a su hermana los mataría…

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Saludines. Dedicado a los amigos que tuve en aquel barrio de la periferia de mi ciudad donde pasé mi infancia y adolescencia.

Escapadas…

Publicado: 6 agosto, 2012 de Frankie en la epopeya, Road movie
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Viajando, viajando y viajando a través de carreteras, pueblos y montañas: así pasaré los próximos días, queridos amigos.

Me importará un comino si Alemania aprueba nuestro rescate o si nuestros atletas hacen algo más que el ridículo en los Juegos Olímpicos de Londinium.

La conexión con Internet, ese gran útero que nos contiene a todos, será ineficaz, ridícula y exasperante, así como poco fiable, lo que disuadirá mi participación. Mi acceso a la tecnología se limitará al televisor de los hostales rurales que ocupemos. A un simple y espartano mando a distancia y a un puñado de canales estúpidos y llenos de propaganda.

Incluso el mero acto de leer un libro será problemático. La intensidad física de las jornadas  -junto a las más que probables marchas por senderos montañeses-  conspirará para cerrar pronto mis ojitos azules y candorosos. Volveré por unos días al estado del buen salvaje (¿Rousseau?): nada de textos y sí, por contra, mucha acción. Retomaré el placer de concluir (siempre) una jornada  con ducha y contienda amorosa, esa actividad tan fantástica que durante el resto del año se ve dificultada por el estrés, el feisbu, las noticias y la puñetera madre que lo parió a todo.

A la vuelta espera Septiembre el Terrible, pero solo a la vuelta. Yo, por el momento, viviré unos días que para mí no acabarán jamás, que se extenderán como un presente infinito, muy similar a la dilatación temporal de alguien que viajara a la velocidad de la Luz y viera como el mundo que abandonaba se transformaba raudo y a velocidad de vértigo. Eso quisiera yo que sucediera; acceder a una especie de burbuja intemporal con mi pareja y ver como el tiempo avanza velocísimo, hasta borrar esta época enloquecida y mediocre que estamos viviendo. Y salir entonces los dos, al estilo de Rip Van Winkle y que nos contaran lo sucedido.

Pero noo, nada de eso. En unos días estoy de vuelta y participando en vuestras casas, porque os llevo en el corazoncito y también formáis ya parte de mi vida, ja, ja…Por cierto, este mes tan solo subí una entrada 😦

Saludines viajeros (Resto de vacaciones/parte II)

Oruga in traslation

Publicado: 16 julio, 2012 de Frankie en Devaneos, la epopeya, Road movie
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Anda, espabila y desayuna rapidito. Salta para que los alimentos bajen aprisa al tiempo que metes una pierna por el pantalón, evitas el trompazo y logras meter la otra. Imprescindible afeitarse con el torso desnudo, no te olvides, para evitar sangre encima de la camisa.

Es una maravilla el automatismo que poseemos en momentos de prisa mañanera. Toda una hazaña de nuestra Hermandad de Neuronas que logran -aún estando medio sonámbulos-  que nos vistamos bien, en vez de colocarnos ignominiosamente las ropas de la parienta. Algo de mérito tendrá, supongo, la erección matutina, alérgica a vestirse con bragas y similares.

Veo en la mesilla lo último que estoy leyendo de Coupland y esta vez sí que me acuerdo de llevármelo. Es curioso el hermanamiento que siento con Roger -su protagonista- si no por otra cosa sí por el amor hacia su coche. Al igual que el, experimento la entrada en mi vehículo como la comunión con el Estado Perfecto.

Porque una vez agarro el volante, el intervalo hasta llegar a mi empresa no computa como tiempo de sufrimiento en este mundo. La travesía de la urbe la realizo en una suerte de trance cinético y entro en la autopista como si toda mi vida anterior no fuera sino algo borroso. Aquí me siento más vivo que en muchos momentos del día. Es en este reino de metal y combustible quemado donde quisiera reencarnarme si naciera otra vez.

Noto que la aceleración y la potencia del motor extienden mi ser hasta el infinito. De nuevo y como cada mañana, de la oruga dormilona ha nacido un centauro, que ruge y adelanta a los otros siempre que puede.

Acelerando: así es como me hallo en mi elemento y puedo seguir sintiendo los 18 años que tenía cuando me saqué el carnet. Incluso todavía menos, ya que jamás olvidaré el gozo de pisar un pedal y que la máquina obedeciera, cuando todavía era un crío y mi padre me dejó probar.

¿Y de verdad que es preciso salir de aquí para trabajar? ¿No podríamos vivir en algún estado de velocidad perpetua? ¿Porqué una vez que sales sientes que vuelves a ser la oruga?

Porque como orugas frustradas será como miraremos después a la autopista por la ventana. No dejaremos de escuchar su llamada. Y algún día llegará -fantaseas- en que ya no pararemos. Seguiremos circulando a la velocidad máxima hasta agotar el combustible y después de repostar todavía correremos más, como los autonautas de Cortázar.

Saludos cinéticos, preciosidades. Esta semana tendré problemas para conectar 😦