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¿Como? ¿Que aún no conocéis a este famoso espíritu haitiano? Pues es de lo más simpático, y si no me creéis seguid leyendo.

El hecho de que sea mitológico no lo vuelve menos real, a fin de cuentas ¿acaso no hay innumerables personas en Occidente que “dialogan” todos los días con Yahvé o Jesucristo? Pues entonces no seamos tiquismiquis.

En vudú, el Barón Samedi es un loa. Etimológicamente Samedi significa “sábado” en francés, así que a veces es normal encontrar una transcripción de su nombre como Barón Sábado. Es el loa de la muerte, junto con sus otras encarnaciones, el Barón CimetièreBaron La Croix y Barón Kriminel. A menudo se le describe portando un sombrero de copa, un traje de chaqueta negro, cuencas vacías en lugar de ojos y tapones de algodón en los orificios de la nariz. Tiene la cara pintada de blanco como una calavera y habla con voz nasal. Es uno de los Guédé, o una de sus encarnaciones, o posiblemente su padre espiritual. Su esposa es la loa Maman Brigitte.

El Barón Samedi acecha en los cruces de caminos, donde las almas de los muertos pasan en su camino a Guinee. Además de ser el omnisciente dios de la Muerte, es también un dios sexual, más concretamente del sexo violento y sadomasoquista, y es representado a menudo por símbolos fálicos y caracterizado por su personalidad obscena y siniestra, además de por su particular cariño por el ron. Es también el dios de la resurrección, pues solamente el Barón puede aceptar a un individuo en el reino de los muertos. Si él está de buen humor puede conceder a sus seguidores que sigan viviendo, pero si está de mal humor podría cavar sus tumbas demasiado pronto y enterrarlos vivos o aún peor, traerlos como zombis.

Lo consideran un juez sabio, y un mago de gran alcance. Es notorio su Baron_Samedi_by_Haakicomportamiento indignante y libertino, jurando continuamente y gastándoles bromas asquerosas a los otros espíritus. Es cruel y sádico en su trato. Como se dijo más arriba, está casado con otra deidad de gran poder conocida como Maman Brigitte, pero persigue a menudo a mujeres mortales. A diferencia de otros loas, que prefieren a las mujeres vírgenes y puras, el Barón prefiere a las amantes expertas, a las prostitutas y a las mujeres fatales. Aunque, una vez dicho esto, el Barón jamás niega su amor a ninguna mujer hermosa. Su libertinaje y las constantes infidelidades hacia su mujer lo hacen comparable al dios de la mitología griega Zeus. Le encanta fumar y beber y raramente se le ve sin un cigarro en su boca o un botella de ron en sus dedos huesudos.

El barón tiene una legión de espíritus bajo su control. Estos espíritus visten todos como el Barón, de oscuro como su amo y ayudan a llevar a los muertos al mundo terrenal.

El Barón Samedi tiene su origen en el Nuevo Mundo, no en África. El dictador de Haití François “Papa Doc” Duvalier era conocido por vestirse como el Baron Samedi, lo que le ayudó a oprimir a la población rural de la isla.

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Menos la introducción inicial, el texto ha sido fusilado sin contemplaciones de la Wikipedia. Tan solo con este depravado personaje, digno del mejor Tim Powers, la mitología de Haití ya se puede codear con toda la helénica, juasjuas.

Saludines, mis loas…

Viviendo el crepúsculo

Publicado: 24 noviembre, 2013 de Frankie en Pataleos, Perspectivas bizarras

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¿Ya os habéis fijado en que hace semanas que la maldita noche llega prontísimo, a eso de las seis menos algo?

Pues sí, apenas pisas tu casa cuando finalizas la jornada laboral y la luz del día se pone temblona y desaparece. Todo por culpa de los cambios horarios y del avance de las estaciones. Tan solo somos, a lo que se ve, esclavos del planeta y del sistema productivo de los cojones. Esto ya se parece mucho a la victoria final de los telares de Manchester ¿no?

Pero hay quien se las promete felices, no obstante. Existen almas de molusco reencarnadas en persona, las cuales gustan de la época invernal para hibernar en casita y disfrutar de los supuestos placeres hogareños, pero decidme ¿acaso le encontráis algún sexappeal a las marmotas, osos, lirones y demás bichejos almacenables? No os esforcéis: no se lo encontrareis porque tienen el mismo que la mosca del vinagre. A todos ellos nos parecemos cuando, forraditos con mantas y comiendo castañas, nos repantigamos en el sofá frente a la tele y nos abandonamos a nuestra esencia pequeñoburguesa y ratonil ¿Que no notáis ya esos bigotillos que os salen del hocico?

Porque esta es la época preferida por un montón de espíritus cobardicas, que odian el verano porque la ropa ligera les pone en evidencia las lorzas y los kilos de más. Imaginaos como torcerían el gesto los griegos clásicos, ante ese despliegue de calorías caminando con sandalias por el paseo marítimo. Sabedores de ello, los propietarios de las mismas se toman la revancha en invierno. Porque da igual la silueta que tengas, que siempre existirá la adecuada combinación de ropa para que luzcas bien.

Y yo odio el invierno. Así es. Profundamente y sin reservas ¿Será por haber nacido en esta estación y recordar inconscientemente el palmetazo de la comadrona? (sí, ya lo sé, listillos, todavía es otoño) Abomino de estas largas noches polares, con tres horas menos de luz. Del frío y de llevar encima montañas de ropa, de las caras de la gente por las mañanas y de las comidas calientes que te atufan el esófago. Lo de los rostros de la gente merecería un capítulo aparte, ja, ja, sobre todo si hablamos de los que llevan al salir de casa. No existe mayor confesión de impotencia, irritabilidad y problemas para hacer de vientre que la jeta con la que salimos a la calle, en esas mañanas donde el viento termina de afeitarte y la bufanda te asemeja a un ladrón de bancos.

Sé bien que algún día las horas de luz comenzarán a alargar otra vez y, poco a poco, este metabolismo mío de ahora, propio de vampiros y criaturas de la noche, cambiará. Si lo pienso, mi empresa se lleva todas mis energías diurnas y a mí tan solo me quedan las residuales, para dedicarlas a mi vida personal y a mis seres queridos. Gracias a que me ¿adapto? consigo sobrevivir en este mundo de majaretas. Pero todas las adaptaciones tienen un precio. He descubierto que ya no soporto mirar crucifijos y oler los ajos. Cuando miro un cuello de cerca le noto palpitando las venas, sobre todo si es joven y guapa y te sabes fuerte, con esa fuerza incomparable que otorga…la maldad (…risas cavernosas…)

Así es, amigos. Ese es el precio del crepúsculo. Es el que paga buena parte del reino animal, la formada por los depredadores que eligen moverse en tinieblas para poder cazar. Quizá las largas noches exijan colmillos y garras, además de una buena dosis de sociopatía en el caso de los humanos. Tanta como para ser prácticamente inmune a la ansiedad, como se dice que les ocurre a esta variante borde de nuestra especie, capaz de apoderarse de bienes y vidas sin pestañear. Ser un hijo de puta con nervios de acero es algo que no te enseñarán jamás, sobre todo aquellos pedagogos partidarios de que hinques la cerviz. Es lo que les interesa; un mundo de marmotas y lirones, aguardando mansamente a que, en pleno crepúsculo, los vampiros corporativos les suban la luz y les recorten la sanidad.

Saludos. Sed piadosos y no me hagáis mucho caso.

Ciudad

Publicado: 3 septiembre, 2012 de Frankie en Paranoias del XXI, Perspectivas bizarras
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Oooh, Baby, I love you. Aquí estoy de nuevo, en mi ciudad, en mi jungla, en mi ecosistema. He vuelto, hey, a reclamar ese asfalto cabrón que me pertenece, a luchar con uñas y dientes contra las Fuerzas del Mal, encarnadas en facturas, jefes chupasangre, atascos y noticias cabronas. Aquí y ahora es cuando empieza el condenado año, no en esa mariconada llamada “Día de Año Nuevo”, bah.

El aterrizaje en el barrio lo muestra como lo que siempre me ha parecido: una zona recientemente desmilitarizada, en donde las fuerzas de ocupación habrían tirado la toalla tan solo por puro aburrimiento. Los rostros vecinales -oh, dios mío-  muestran el acostumbrado grado de embrutecimiento y endogamia. Los contenedores de basuras están a reventar y una tubería llena la acera con el agua de algún gilipollas con su climatizador a toda pastilla. Ese agua es su sudor, es la descomposición de algún urbanita gordo y pedófilo, asqueado por no haber podido abandonar la colmena y -posíblemente- por no poder hacerlo jamás.

La gente en las aceras te mira con el rostro aborregado por el calor, al tiempo que te llega olor a marihuana desde un grupo de niñatos, con prisa por quemarse el puto cerebro. Cuando los humanos inventamos esta asquerosa colmena, este aglomerante engendro de mierda llamado ciudad, no reparamos en que terminaría por oler. Llevar semanas fuera y olfatear es como entrar en un infierno al minuto. Todavía no has desarrollado el filtro que te permitirá aguantar y la combinación de tubos de escape y humanidades en salmuera posee efectos letales, uuf.

Las caras de la gente muestran una cualidad blanquecina y viscosa y las aceras son recorridas de una forma absurdamente rápida. Parece como si hubieras entrado en alguna colonia de larvas que esperan a que las devoren. Al final de tu recorrido ves una puerta enorme, maciza y metálica, que semeja un sarcófago y que te asusta porque es el patio donde vives. Asumir que habitas en esa especie de intestino largo, iluminado con luces chillonas y rematado con un ascensor al final, es parte del precio por vivir en este puto siglo.

Pero es un precio que nunca terminas de pagar. No cuando una vecina te saluda al bajar tan solo con un gesto autista, como si al cerrar la puerta de casa hubiera abandonado alguna escena psicótica. Intuyes en cada cara la tensión, la locura consensuada. Millones de termitas humanas viven una vida alienante, encajadas en segundos, terceros y que se yo, en veinteavos pisos. Por algún sitio deben reventar las costuras de vez en cuando. Y ese sitio primero, como no, es la gestualidad, la pose. Esas miradas extraviadas de quienes han sido desposeídos de su tiempo y su libertad para siempre, con tan solo un breve respiro vacacional si son afortunados.

Acercarte al centro es no dar crédito a ese infierno acústico en el que nadie parece reparar. Va atardeciendo ya y en una tienda de electrodomésticos ves una TV de plasma. En ella, el sátrapa que nos gobierna gesticula y el público del mitin lo mira embobado…

Saludos cariñosísimos. El vórtice no se rinde.

Vende o no vuelvas.

Publicado: 25 noviembre, 2010 de Frankie en la epopeya, Perspectivas bizarras

Aprendiz de pícaro.

El sector comercial ignora el paro porque la mayoría no quiere parar en el. Es la incertidumbre suprema, sobre todo cuando eres un contratado a comisión pura y los días pasan y pasan sin colarle a nadie una escoba. Estuve una temporada de “picapuertas”  y comprobé la validez del doble requisito fundamental: valer y que te guste, he ahí la cuestión. Pero, ay, algo olía a podrido en Dinamarca…

“ATENCIÓN, SE NECESITAN COMERCIALES” (o así)
-Don de gentes
-Buena presencia
-Ambición y perseverancia.

Y habiendo leído esto, allí nos tenías a  cuatro pardillos en la sala de recepción. Había terminado la carrera y este era el único trabajo donde no pedían experiencia previa, lo cual me venía de puta madre porque no tenía ninguna, dicho sea de paso.

“¿A tí te gusta la gente? ¿no?” comenzaba el senescal entrevistador. “Pues sí, por supuesto”. A punto estuvo de escapárseme que según qué gente y en qué momento, menos mal que me callé. Lo que vino después  de esta chorrada fueron unos días de cursillo donde te explicaban los productos de la empresa, la cual comercializaba seguros del hogar y de defunción, principalmente.
Estos últimos te los detallaban con auténtico júbilo; constituían la enseña principal de la compañía y oyéndoles hablar de ellos parecía que morirse  fuera algo divertido. “Tenemos azafatas que visitan a la familia del finado y se encargan de todo, pero de todo, oyes”

Muy bonito, pero si se quieren peces es preciso mojarse y en este caso el estreno sería en un barrio de la periferia. Con traje y corbata  -que a mí me producía una alergia del copón-  harías de acompañante mudo para un veterano. Al final de la jornada, entrabas tú en escena para probar. Y como estabas hecho una auténtica Marinervios, casi te daba un síncope cuando eras TÚ quien debía contestarle al que abría la puerta, je, je…

El “veterano” podía llevar no más de un mes y se veía obligado a hacer de apóstol entusiasta y animarte, a  pesar de llevarse  portazos y desprecios a punta de pala. Tenía que venderte el trabajo como fuera y mencionar el desaliento era un auténtico tabú.

Se asumía automáticamente que llevabas el mejor producto y estabas en la mejor compañía ¿No era esto algo genial? Pues sí, puede ser, pero cuando alguien te decía que no quería  ” la m….. que llevabas, fuera lo que fuera…”, inevitablemente te acordabas del Gran Teórico de las Ventas, allí en el cursillo, el que rebatía todas las objeciones con algún diagrama. Que lástima no verle a el, al diagrama y a la madre que lo trajo en ese rellano frente al vecino hostil. Algunas  veces, también, oía ladridos en algunos domicilios aún por tocar y me asaltaba el fantasma de maskón, pero había que seguir.

Porque si parabas te llegaba el desánimo. “Portazo recibido,  timbre nuevo tocado”. A continuación, lo que procedía era apartarse ligéramente de la puerta cuando abrían  y preguntar melosón: “¿la dueña de la casa?”. Y luego, ya sabemos, que si mantener el contacto visual, que si mostrar la sonrisita Colgate y demás. Total, todo para atacar dialécticamente lo antes posible, alarmarla con  que muchos domicilios tenían los seguros de casa mal hechos y mostrarle la fotografía sensacionalista de un domicilio quemado.

“Resulta que la familia propietaria de la casa quemada estaba asegurada con X,  la competencia nuestra y vivían por aquí por el barrio”. “Ay, pues yo estoy asegurada con ellos”   “Pues le comento, señora, que no han cobrado nada porque la póliza era, en realidad, un infraseguro. Si tiene la suya a mano lo comprobamos enseguida, por si acaso”.

Y ahí le lanzabas el órdago. El miedo es una apuesta segura y gracias al mismo se conseguía entrar en un diez por ciento de las casas con truquitos parecidos. Cuando llegaba la señora con su póliza se la mirabas y le decías con cara de alarma: “buuf, madre mía, pero esto que es…”.

Podías decir lo que quisieras porque todo colaba. Un inmenso porcentaje de ciudadanos no se lee lo que firma y el bajo nivel cultural de las generaciones mayores facilita la manipulación de las mismas. Al tiempo que denostabas la póliza vieja,  ya tenías el impreso nuevo debajo y le asegurabas, con dramatismo, que no se podía jugar con el hogar. “Nosotros le daremos de baja con ellos, no se preocupe”. El momento de la firma te producía un subidón y salías al rellano con las piernas bailonas de pura alegría. Esa noche, la cara de perro del jefe de equipo se tornaría en sonrisa aprobadora, algo es algo.

Y  con estas ibas tirando. Lo que sucedía, por desgracia, es que había todo un sumatorio acumulativo, compuesto de malos rollos y fantasmadas empresariales. Esas reuniones absolutamente estúpidas, con jefes de ventas medio sociópatas,  que se empeñaban en psicoanalizar al personal para ver porque no vendía lo bastante. O las broncas repetidas ante la pizarrita de objetivos:  “Verguenza me da ver como llevamos el més. ¿Que es lo que haceis ahí fuera? ¿ir de copas?”.

Y precísamente, tomando copas, llegué a la conclusión de que tan solo valías lo que tu última póliza. Por ello, un buen día dejé de ajuntarles y me despedí,  entregándoles los prospectos. Confío en que todos los clientes que les hice se hayan borrado.

Un saludete. Por cierto, estoo,  ¿tenéis asegurada la casa? Pues de no ser así, tranquilos, la estadística os favorece. Creo.

Me siento emparedado, my God.

Publicado: 11 septiembre, 2010 de Frankie en La Trastienda Siniestra, Perspectivas bizarras

La salvación individualista.

El individualismo más exacerbado y mofletudo suele ser la opción a la que terminas acogiéndote cuando ya vas teniendo cierta edad y compruebas que la dirección de los palos que recibes es triple. Te los puedes llevar por arriba, por abajo y por los lados, tomando las tres definiciones en un sentido amplio.

Por encima tuyo y en el mundo de arriba anidan -sociálmente hablando y en primer lugar- los políticos, osease gobiernos y administraciones diversas, con unas burocracias bien densas que disponen de amplio tiempo para almorzar. En nuestro caso, quienes ahora gestionan nuestro país a nivel estatal han degradado hasta niveles nauseabundos la palabra “progresista”, provocando que un servidor que tiempo ha se identificaba con la misma les retirara el voto asqueado y con arcadas, teniendo, para colmo, una discusión con su papi  -rojo ad aeternum–  de la cual pasaré factura a nuestros gobernantes.

Mal se puede “progresar”, digo,  cuando se confunde gobernar las realidades con cambiar de nombre a las mismas y se pretende que la naturaleza humana es de factura arcangélica, en base a una mística política nacida, esta vez, de lo laico y de lo seglar. Para agravar el asunto, tanto ellos como la oposición -allí donde gobierna- han compartido la misma fe estúpida en similar modelo económico, basado en cobrar comisiones, poner muchos ladrillos y facilitar hipotecas, actitud monstruosa que nos ha llevado casi hasta el abismo.

Siguiendo con los palos que llegan de arriba al ciudadano, están las todopoderosas Corporaciones, como no. Por propia experiencia, sé como buscan “optimizarte” cuando trabajas dentro y, por experiencia compartida, todos comprobamos el como nos intentan seducir o acojonar, según convenga, para sacarnos los maravedíes cuando estamos fuera, cuando consumimos. Siempre puedes decir a una compra que no, se dirá, pero pensar esto, en los tiempos del neuromarketing que viene (neurología por imagen cerebral aplicada a la publicidad, un movidón de la hostia, ya veréis) empieza a ser ingenuo.

Y haberle comprado a una Corp. significa haberle ofrecido el cuello al vampiro. Entonces quedas preso de su “Atención al cliente” y de su servicio postventa. Han conseguido escaquearse de su responsabilidad en la crisis gracias a que los políticos son más tontos y más conocidos.
Mencionar las colosales fechorías plutocráticas suele ser tema tabú en los ámbitos de derechas -para entendernos prontito- donde adoran a los financieros por ser los motores del mundo moderno, tan solo objetados por los sindicatos.

Y de estos, nos llegan los primeros palos laterales. (hoy no doy abasto) Toda la casta de liberados sindicales necesita justificar su existencia, su masivo tiempo libre, su calidad de vida envidiable. Y nada mejor que un coco empresarial. En mi empresa hay un enlace de Comisiones con su puesto casi continuamente abandonado, si no fuera por las visitas que hace cargado de propaganda.
Un convenio hábilmente pactado con la dirección lo hace posible. Si tiene que defender puestos de trabajo siempre prima la antiguedad, privilegia a quien está afiliado, etc, un asco, vamos.

De los lados nos llegan también la colisiones con los compañeros de trabajo, las zancadillas y las luchas por aparcar antes que otro, así como la ostentación de coche nuevo, que vulgaridad, redioss.

Y de abajo nos llegan los supervivientes de otros países, gracias a unas puertas de entrada mal gestionadas, que han creado bolsas absolutamente ingobernables en las grandes ciudades, generalmente conviviendo con las clases nacionales más desfavorecidas, así como poniendo a prueba el adiestramiento buenista e intercultural de las mismas. Seamos objetivos, amigos míos, los proletarios son/somos incapaces de llegar a las cotas de tolerancia de los progresistas de la Calle Serrano de Madrid, pej, capaces algunos de ellos de sacrificar el gimnasio y la pelu por acudir a una convocatoria prointegración.

En dicha calle Serrano y otras similares, aprovecharemos para decir que conviven con otras clases adineradas que son algo más astutas y coherentes. Los ricos de derechas son más listos y no suelen meter la pata defendiendo a los pobres y cayendo en contradicciones de clase porque, por lo general, ya han sido adiestrados en la infancia por sus parientes pudientes.

Sacar la sangre al prójimo siempre ha sido una tradición entre ellos y saben hacerlo con eficacia y discreción. Siempre han sabido financiarse, además, las complacencias eclesiales con el Eterno Estado de Cosas, dado que el reino de Dios está “en los cielos” y los que aquí sufren allí arriba serán saciados. (en su espíritu, obvio. Su cuerpo y cerebro fueron para sus patronos)

De los inmigrantes, prosiguiendo, vemos como una proporción nada despreciable de ellos trabaja en la economía sumergida. No cotizan pero reclaman tajada sanitaria, al igual que los jubilatas extranjeros ricos. Otros, espero que mayoritarios y para compensar, símplemente intentan llegar honradamente a fin de mes en esta casa de locos.  Y queda otro segmento  -más pequeño, pero más ruidoso- que han entrado directamente en la delincuencia importando modelos delictivos de su terruño. Y como decía arriba pero aplicado aquí a la inversa, mentar sus fechorías de forma inteligible es tema tabú en los ámbitos de izquierda.

Como era de esperar, el tema delictivo/mafioso vuelve loca a la poli española, acostumbrada a los sinverguenzas de por aquí, a los de siempre, los de toda la vida.

Y la suma de estos horrores juntitos nos aplasta a los demás y nos empareda por todos los lados, uuf, que yo ya estoy que no me baja la regla. Y de las corporaciones mediáticas no esperes nada. No esperes demasiada luz sobre las maldades corporativas y  bancarias en los ABCs, Mundos y Razones. Tampoco esperes comprensión con esa señora mayor de barrio obrero que se queja de sus vecinos magrebíes . No la esperes en Países, Públicos, Norias, Cuatros y demás.

Estamos llenos de puntos ciegos informativos, de hecho ya casi hay dos formas de hablar de la realidad, las cuales son mutuamente contradictorias y convenientemente represoras de las cositas que no les interesan, ya sea por imperativo ideológico o económico. Muchas veces escoges una de ellas como mal menor, tapándote uno de los dos ojos.

Y el futuro cienciaficcionero no termina de llegar, no hay manera de cambiar de Universo, de viajar al pasado, de alargar las vidas y endurecer los miembros viriles sin viagra, de teletransportarnos y de echar un polvo en Marte. Así que perdonad por la extensión y a refugiarse todos en el egoísmo y en la vida privada, renegando de la acción colectiva, que hoy estaba así de marmolillo, sorry.

Mi cocina es mi selva.

Publicado: 26 julio, 2010 de Frankie en Perspectivas bizarras

Cocinas y restaurantes. Territorio testicular.

Los varones dominan la restauración y las cocinas a nivel público, sin perjuicio de que en los hogares privados las señoras sean, generalmente y por inercia sociológica, las encargadas de preparar el buen yantar. Hay, por tanto, un reparto de territorios.

Para investigar este fenómeno, vuestro bloguero preferido ha aprovechado que las pasadas noches cenó en el restaurante de un pueblecito,  desbordado este mes por la afluencia de turistas. Estos invasores veraniegos provocan una altísima demanda de cocina y, felízmente, un aumento en los ingresos de caja. Pues bien, hace años  que conozco a los que lo llevan, los cocineros que, además, son los jefes.

Me resulta relatívamente fácil, por tanto, entrar en su sancta santorum y contemplar como trabajan al mismo tiempo que charramos por los codos, lo cual no es óbice para que, llegado el caso, abronquen a alguien, con la consiguiente incomodidad mía, claro. Es cierto que son amigos, sí, pero no ejercen precísamente de angelitos con los subalternos, cosa que es menester admitir.

El caso es que, teniendo una plantilla de unas diez personas (no los conté, ojito) se me hacía raro no ver ninguna fémina ¿Cocinan  mal?  ¿No aguantan? ¿Las discriminais o molestais al contratarlas? Se lo pregunté, bromeando de paso con el  -mujeriego empedernido y tenaz- en el sentido de si no le agobiaba ver tanto tío alrededor en vez de mozas salerosas. “Síii, ya quisiera yo, pero no aguantan, se “autoseleccionan” y ellas solas se piran. Y algunas habían hecho cursos de restauración y tenían un nivel que no veas”

Fue cuando le pegué un vistazo al paisanaje, je, je. Helo  aquí: un puñado de primates sudorosos en zuecos currando en  horarios terribles. O sease, en fines de semana y fiestas de guardar, olvídate de la novia, o del  novio y de la family: hay que levantar ollas y pucheros como posesos.
Picar cebolla, filetear pescado doce horas al día, incluso descalabrar ranas dándoles en el canto de la mesa, actividades todas ellas que, como es sabido, promueven la elevación del espíritu…

Algunos parecían piratas, vistiendo con mangas recortadas, con tatuajes, piercings “ese del piercing es cojonudo”, me dice. A los que friegan les lanzan las sartenes sucias a la pila, a toda velocidad y con puntería, menos mal.

Otros avasallaban a los camareros y a cualquiera que entrara, parecía un reality.  Existían las jerarquías de espacio, se empujaban y disputaban cada palmo de suelo con cara de congrio y ferocidad de roedor enjaulado. Se decían cosas que en otros ámbitos se considerarían acoso: “Ese pescado está mal asado, capullo”, le suelta uno de los chefs a un ayudante, con el mejor estilo de sargento chusquero  que arrima y pega el careto…

Recuerda, ciertamente, a una soldadesca y no creo que en la academía de Ferrán Adriá (si es que tiene alguna) te preparen para algo así. Tampoco es novedoso este clima de trabajo y estrés, pero, por Thor y Odín, que aquello acojonaba e imponía. Y ya llevo añitos en diversos trabajos, palabrita del niño Jesús. No solamente era la intensidad física de la labor, compartida con tantas tareas,  sino la pugna territorial, minuto a minuto, de caracteres peleones y mal encarados.

Aparte de ello, se come de narices en el sitio, tanto cocina típica aragonesa (está en el Teruel rural, esa maravilla) como caza, pescado y lo que les pidas.

Un saludete de cliente ignorante.