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Abierto hasta el amanecer.

La disco Spook se hallaba sitiada de coches y yo dejé el mío casi al extremo del párking,  junto a  las malezas de una acequia. Juanmi -que se meaba- bajó rapidísimo, metió un pié en los matorrales y tuvo tan mala suerte que metió el otro en una especie de desnivel, terminando con el zapato y medio pantalón llenos de barro, jeje, vaya zopenco de los cojones…

Angie le soltó: -“Por lo menos termina de mear, tío, jajaajaja”.  Yo no pude evitar la fascinación oyéndola reir, aiss: en ese amanecer estaba como un queso, con su minifalda, botines y medias de rejilla y enfilando veloz hacia la puerta, conmigo detrás.

Vicente nos seguía a los dos con la jeta bastante pálida; algo le pasaba, puesto que ya no soltaba risillas y Carlos “Desmontamecheros” le ponía su mano en la nuca. “Ooye, Frankie, tío, recuerda que las llaves de mi casa  cayeron en tu coche, bajo un asiento y no las pude…”.  Algo así me decía  Carlos, pero le corté pronto: -“Ahora no, joder, ya miramos luego, ahora hay que pillar a Pere y que nos pase, dice Angie…”. En el parking se veía un autobús grandote aparcado, aunque en ese momento no sospechaba lo que iba a traernos…ay.

Pere, uno de los “puertas”, se portó: estar encoñado con Angie le facilitaba a esta pasar a quien quisiera.  Y por fin penetramos al antro: allí estábamos, junto al Sonido del Poder, cielos benditos. Nada más franquear el vestíbulo te caían encima los 20.000 vatios brutales. Era avasallador: una catarata acústica, densa y sin apenas distorsión, que te ponía las endorfinas tocando castañuelas.
Y tal y como temía el efecto fue brutal:  debido al diseño futurista del local, era como estar dentro de un gigantesco microondas o una máquina del millón y el LSD que nos habíamos zampado  -como no- lo multiplicaba todo por mil, buuf…

En aquel lugar bailaban todos desaforadamente,  algunos incluso acercando la cabeza al altavoz de los graves. La barra parecía un reparto de víveres con la gente pugnando por una bebida y yo me alarmé al notar que faltaba Juanmi, dioss: “¿Donde está JM?” chillé.  “Afuera, se tenía que limpiar la pernera…”  me soltó Carlos, despacito y con cara de éxtasis. Ja, ya estaba este de nuevo en Babia, lo que faltaba. “Al menos, no te metas por ahí a desmontar mecheros”  le solté irritado.

Mientras tanto, Angie hablaba a gritos en un rincón, con una gótica altísima. Las dos me miraban con ojos ávidos (esa impresión me daba) y parecían relatar el episodio de la carretera. La amiga se me acercó, nos agarró a Angie y a mí del brazo y nos preguntó si queríamos algo. Se lo dijimos y acto seguido se metió por una especie de puerta de servicio, reapareciendo al pronto con el “combustible”. Al parecer trabajaba allí.

-“Bueno, me llamo Mila. Termino ya el turno y estoy frita y Angie dice que también y que tú tienes vehículo ¿me acercarías a casa dentro de un ratito?”. Aquello me noqueó. Estar allí, con aquellas dos mujeronas rodeándome, hacía que me sintiera en las nubes, la verdad.

-“Bueno, en teoría somos cinco…”  dije vacilante.  “Noo, pero Juanmi ha pasado de entrar, va a su bola”  me cortó Angie, con una mirada intensa que me aturdió un tanto. Estaba bien claro que iba tan colocada como yo pero, en algún nivel, mantenía un puntito de control y de conciencia más alto, lo que -siendo una cabra loca como era- amenazaba con complicar las cosas.

Mila nos hizo subir al piso de arriba, que permitía ver la pista al tiempo que era menos agobiante. “Por aquí luego se sale más fácil”  dijo. Las seguí un tanto reacio: era muy agradable estar con ellas, cierto, pero no lo era tanto ser el perrito faldero.
Allí, desde el primer piso, la vista hacia abajo era perturbadora: una turbamulta de gente levantando brazos y agitando cabezas como si fueran ñues. Carlos se había quedado allí, apoyado en un pilar y mirando al infinito y de Vicente recordaba verlo meterse en los baños a toda prisa.

Y empezaron -otra vez y para variar- a complicarse cositas. En el mar de cabezas de abajo se produjo un remolino, al parecer una pelea.  Aparecieron de pronto dos moles humanas, los “seguratas”, abriendo la masa de gente como rompeolas y agarrando a los peleones por el cogote como si fueran matojos. Esto provocó que más de uno saliera de la pista, cosa lógica. Pero me llamó la atención uno de ellos por la edad  -unos cincuenta y pico- y por el aspecto corriente y marujón. ¿Que coño hacía en aquel lugar? me pregunté.

Y obtuve una respuesta fulminante, vaya que sí. Noto una mano y unas uñas, la de Angie, que me hacen presa en la muñeca: “eeeeeh, cuidadoo..”  le digo yo y, a continuación de esto, llegó su grito, el del horror: “¡Oostiaaa, nanooo, que es mi padre y sube a este piso, diooss!”…(sic).

-“¿…? ¿…Como? ¿de qué vas?”  suelto yo Y coño, por su cara estaba claro que no bromeaba y Mila, al igual que yo, la miraba con cara de pasmo. –“Sii, que mi padre es autobusero y lo mandan a un servicio para recoger gente de las discos. Para que no se maten por las carreteras. Jooder, que les dije que estaría en casa de una amiga estudiando”…La leche en bote, con razón estaba aquel autobus aparcado afuera…

Su amiga “vamp”, con grititos agudos, se empieza a reír  “Aay, ja, ja, ja, que fuertee, corre, sal por aquí, anda”. Al tiempo que Mila agarraba a Angie, esta me agarraba a mí y me decía: “Enróllate y llévanos a casa, porfa, ya se lo explicamos otro día a los demás”.

Y en fin, los acontecimientos me superaron. No había forma alguna de bajar si no era cruzándose con Papaíto Aguafiestas que subía, ninguna salvo una puerta que daba a la escalerilla lateral por donde nos llevaba Mila. Así que me dejé llevar. Ya llegábamos a una especie de puerta de servicio, pero los sobresaltos seguían: “La cazadora, ostia, que me la dejo en el guardarropa…”. UufAngie, esa noche, era un encanto…

Mila, ya cocida por su jornada laboral, se giró y puso los ojos en blanco: “Dame el numerito y ya voy yo, aaay, esperadme en el coche”. Le señalé donde estábamos y me dejé guiar como un zombie por mi amiguita frenética. El sueño y el contagio de la histeria ajena me tenían  -de nuevo- en trance. Fue entonces cuando me dió por nombrar a Quique, el Primer Perdido: “¿Que habrá sido de el?”  pregunté casi para mi, al tiempo que abria el Ford.

Y ya sentado, viendo llegar a Mila con paso vivo (qué rápida la “vampira” aquella, la ostia), me llegaba la respuesta de Angie: “A saber de Quique.  Siempre que viene de fiesta, como es de Alicante, se queda en casa de Carlos…”

Y me acordé de ciertas llaves por buscar, debajo de algún asiento…y de ciertas carreteras extrañas que te engullen…

Dedicado a Quique, Juanmi, Carlos y Vicente. Os quiero, tíos. Y a Angie, claro, jaja.

People are strange. The doors. (faltaba la banda sonora, oídla que mola)

[Una historia muy larga pero real, lo juro. Gracias por la paciencia y el interés a quien la haya terminado. Pasaron más cosas -y qué cosas- pero de momento ya está bien. Esta semaneta que viene empiezan las desconexiones veraniegas y quizá no pueda comentar a los amiguetes blogueros, salvo breves picoteos. Hasta prontito y besos y abrazos y…bueno, eso.]

No para viejos.

Quique fue la primera víctima colateral del “viajecito” que nos dimos aquella noche. Suena muy feo decirlo, pero al ver que no estaba en los baños y no se le veía el pelo por ninguna parte, decidimos marchar los cinco restantes. Haciéndolo así, minimizábamos el riesgo de multa en caso de que pararan a seis dentro del coche. Lo siento, Quique, tío…

La salida al parking  tuvo un efecto atronador en los sentidos, por lo menos en los míos. Chocolate, la discoestaba rodeada de arrozales cuyas aguas parecían una especie de pantalla colosal de neón, por el efecto de reflejar los cielos y el sol que salía, todo ello multiplicado por la saturación visual masiva que me inundaba, ay, mami. Los coches mostraban colores que nunca he vuelto a “ver”, palabrita, y las escenas dentro de ellos parecían imágenes de El Bosco (y total, no eran más que gente liándose porros o dándose el lote, ja).

Al entrar en el Ford Escort de segunda mano uno se dió un cabezazo, otro sufrió la caída de llaves y calderilla y Angie* -copiloto por ser chica- se destrozó una uña al enganchar el cinturón. Parecían la Banda Patosa:  “Aaaayy, la uñaa, leeche…” (la una),  “La cabeza tío, osstia, que me entra dolor…” (el otro y, por último, el Señor Pierdecosas:) –“Jodeer, no arranques aún, que no puedo coger nada…”. Esta última súplica llegaba tarde para el.

Porque yo ya había metido la primera, empezado a pisar el acelerador y  -flipado como estaba-  resulta que solté el embrague más bien tarde. El Ford salió rugiendo y levantando polvo  -juro que sin querer- y poniendo perdido a un tipo que  -para colmo- vestía vaqueros blancos.

Por todo ello, Vicente “risas de hiena” se meaba casi de las carcajadas, tanto por la polvareda como por el cubata que se le cayó a otro encima ( Sí, esta costumbre de entrar la bebida al coche era abominable) pero yo no estaba para risitas en ese momento y todavía no consigo reírme de lo que vino a continuación, oh, cielos.

Lo provocarían, seguramente, la entrada en la autovía de El Saler y la posterior aceleración y concentración en el movimiento. Noté que el volante “crecía” y mis brazos también. El espacio del conductor parecía agigantado, el parabrisas semejaba un escaparate enorme y el coche no parecía avanzar en ningún sentido.

No entendía el porqué, dado que yo estaba pisando a tope, pero la cuestión era que el paisaje a los lados se me antojaba  una enorme alfombra, verde fosfito y por completo estática. El asfalto de la carretera mostraba una textura preciosa, que podía apreciar al milímetro como si estuviéramos parados. Resultaba frustrante no avanzar, jope…

Y por eso me extrañó tanto lo que soltó de pronto Angie: “Nanoo, que velocidad, que fuertee…” ¿Como? ¿Velocidad? ¿De qué hablaba esta? Y tuvo que ser Vicente quien – esta vez sin risas de ningún tipo- me gritara y me sacara del trance: “¡Tío, jodeer, que vas a 175 por hora, que nos vas a matar!. La leche, resulta que Don Risitas llevaba razón esta vez. Miro acojonado el cuentakilómetros y me noto como una especie de afasia numérica traidora y repentina, santo cielo; se me había ido el significado de los guarismos y no entendía la cantidad. Aquello me dió tal susto que -de rebote y al parecer-  la comprensión numérica pareció resucitar y sí, marcaba cerca de los 180 km/h, válgame el cielo.

También noté en ese momento un rugido ahogado, el del motor a punto de reventar y me vino la sensación del pie derecho apretando muy fuerte el acelerador. Bueno, aquello bastó para que enseguida dejara de hacerlo y Angie me riñera, manda guevos: “Vengaa, que cuando vamos en el coche de Quique, el no se raja y lo pone a tope” (pa matarla).

Años más tarde, doy gracias al dios de los majaretas porque no circulara nadie a esas horas del amanecer. Aún notando distorsiones raritas llegamos a continuación al parking de la Spook Factory,  labatidora“...

*vulgo Maria Angeles.

(Intentaré concluir la historia en la tercera entrega, ya que todas las partes juntitas provocarían un efecto tóxico leídas de golpe. El verano -por cierto- conseguirá que nos amemos como hermanos…)

Saludos acelerados.

Con drogas y a lo loco.

Bueno, teníamos un plan genial y absolutamente seguro, ejem. Entraríamos en Chocolate a las tantas de la madrugada y nos  zamparíamos allí dentro una “seta” de LSD. Aquella discoteca era conocida por tener diseño de caverna alambicada, estalactitas, mucha oscuridad y estar llena de góticos familia del conde Drácula.

Cuando llegó el momento de ingerir la “cosita”, acompañándola con una sencilla Fanta, tuve una especie de presentimiento negativo, como de meterme en algo demasiado gordo. –“A la media hora o así empieza a subir. Y dura muchísimo…”. Así decía uno con cara de éxtasis y yo me temía que fuera cierto.

Obviamente, lo que ingería apenas sabía a nada, era un simple soporte de papel. Deambulamos por la discoteca de la forma habitual, saludando aquí y allá. La media hora pasó, la sala se llenaba más y más de “vampiros” y la música se volvía más penetrante y  desquiciada. Aquel sonido me encantaba y  me hacía pegar siempre unos botes tremendos, cosa que me puse a hacer.

Pero notaba que bailar me resultaba raro esta vez, porque mis brazos  parecían “soltarse” a cada momento. Lo compensaba el hecho de que sentía las piernas ligerísimas y como de goma. Era algo magnífico, caray, permitía abandonarte a aquellos espasmos desorbitados que la música parecía exigir. La sensación de los brazos pasó, el sonido me entraba hasta por las costillas y me notaba un frenesí y una comezón danzarina como nunca en mi vida, santo cielo ¿sentirían lo mismo las tribus salvajes cuando danzaban?

-“¿Nos estará subiendo ya?”. Eso nos preguntábamos y por lo anterior ya había respuesta. Yo miraba las paredes y me daba la sensación de que las recorrían una especie de arañas planas y grandotas con unos colores imposibles, los mismos que se veían por todas partes. Era como estar dentro de un TV con el mando del color a tope: –“Joope, ya empieza…”

De seis que éramos tan solo estábamos tres en ese momento, todos con los ojos como platos y masticando chicle como posesos. A nuestro lado había un tipo altísimo, de negro y con capa, que en mi estado mental me parecía Lestat el Vampiro. Sostenía con aires de estrella del rock un vaso de lo que fuera. –“Seguro que es sangre, jijiji”, solté yo.  Aquella simple tontería tuvo un efecto brutal, como el de una bomba hilarante: “JAJAJAJAJAJAJAJ. JAJAJAJAAJAJAJ”. Nos resultaba imposible aguantarnos la risa, era como estar poseídos.-“Mira, mira, el draculín tiene un tacón roto, con razón va torcido” volví a soltar. Fuera más o menos gracioso, provocó otra explosión de risas y que nos tuviéramos que largar de allí, por el mosqueo que empezaba a mostrar el fulano.

Enseguida, alguién se preguntó donde estaban los tres que faltaban, uno de ellos una chica y aquello bastó para ponernos en marcha. La verdad es que sucedían cosas raras. Una de ellas era que se nos habían pasado casi cuatro horas sin darnos cuenta y no podíamos concentrarnos en la ruta de salida del local. Por lo demás y a diferencia del alcohol,  ni nos tambaleábamos ni farfullábamos.

Por fin, vislumbramos un portal que parecía la mismísima entrada al reino de los cielos. Que fuertecito que era aquello, cojones, ja. Sencíllamente es que estaba amaneciendo y el LSD nos lo mostraba como si fuera una epifanía divina.

Yo caminaba ingrávido, otro tenía los ojos como platos y el tercero tenía unos ataques de risa demenciales, pareciendo a ratos una hiena. Divisamos en una de las terrazas a dos de los que buscábamos. Ellos, por contra, no parecían apurados por encontrar a nadie; uno estaba absorto desmontando un mechero y ella nos miraba con una sonrisa intensa de oreja a oreja, cuyo motivo le era imposible de explicar: –“Qué ¿todo bien?” a lo que ella símplemente nos asentía de nuevo con la sonrisita. “Madre mía, como le ha subido a esta, dioss” pensé.

-“Bueno, aquí van a cerrar y sería cuestión de marcharnos al Spook Factory”  dijo uno, haciendo evidentes esfuerzos para concentrarse y hablar. El del mechero levantó la cabeza y soltó: –“Esto es impresionante, colega, la de ingenio e imaginación que hay en este aparato, la ossstia, tú…. Al oírlo a  la chica le entró un ataque de risa: –“Jajajajjajja, lleva así dos horas ya, joder, se ha quedado en la puta parra, jajajjaja..” Aquello nos provocó espasmos carcajeantes generales. De verle la cara al relojero flipado a mí se me aflojaban hasta las piernas.

-“Venga, ya, coño, vamos al coche y al Spook, que  ahora es cuando Pere está en la puerta y nos puede pasar”  dije yo. Y con cierto pánico, además. El motivo es que era YO quien debía conducir…ay, ay

-“Noo, que falta el Quique” dijo nuestra amiga (vacilando un tanto) –“¿Pero no estaba con vosotros?”  le preguntó otro. –“No, lo vimos que se metia en los servicios. Hace ya bastante rato….”…

To be continued (si lo consigo)*

*Quedan anuladas las clausulas de cordura y racionalidad para todo lo relatado hasta ahora, así como para lo que seguirá en posteriores entradas y que marcará mi imagen para siempre. Juventud, divina idiotez…

Tareas vacacionales.

Publicado: 6 julio, 2011 de Frankie en la epopeya, Placeres que atormentan

Madrugones en el paraíso.

Escapas del asfalto para aterrizar en la pinocha y el polvo. La urbanización que te acogerá estas semanas impone otro ritmo de vida, con las horas centrales del día como momentos letales en los que ni se puede asomar cabeza. Un servidor finaliza su jornada, llega a punto de comer y se encuentra con toda la familia elogiando las bondades de la piscina, pretendiendo que uno se prive de ella y coma cuando todos.

Por eso debes imponer tu propio biorritmo: “Dejadme  la comida apartadita, que primero me quiero dar YO un chapuzón”. Si lo dices con la adecuada convicción y autoridad lo conseguirás. Tan solo debes ponerte el bañador desatendiendo a las inevitables caras de basilisco.

Y tan solo unas cuantas brazadas consiguen que de nuevo te sientas humano. Incluso llegas al tiempo que los demás empiezan los postres. Este, justamente, es un buen momento para los anuncios dramáticos: “Este año hay que pintar la piscina. Sin falta”, dice el suegro y… ay, se produce entonces la congelación súbita del personal. Esta frase consigue silenciar los murmullos y provocar giros violentos de cuello, con todo el mundo mirando hacia otro lado.

Pero las reglas del póker dictan que el primero en hablar o acusar recibo pierde el envite. En este caso es mi cuñada: “Pues no parece estar tan mal…¿no?. ” .¿Que no? Está sin color y con peladuras” contesta el suegro, con la autoridad moral de quien siempre termina pintándola.

“Está verdísima toda la pared”, apoya la suegra, con la autoridad moral equivalente de quien siempre termina ayudándole.

“Con la fresca es como mejor se pinta, por las mañanas”, aporta el menda. A fin de cuentas, por las mañanas yo estoy en el trabajo y -francamente- pienso en lo maravilloso que sería llegar y que ya estuviera pintada. La idea parece cuajar. “Mañana la pintamos. Madrugamos a eso de las 7,30 y para la hora de almorzar ya la tenemos” sentencia el suegro. Pero el anuncio provoca el gesto de pisado-por-un-caballo habitual en mi cuñado cuando le cae algún marroncete. Solo van a estar una semana allí y ya le han fastidiado el ratito de sueño matinal.

Las cosas como esta son las que definen la pequeña intrahistoria  que viven las familias, el día a día que marca las pautas. A la mañana siguiente me levanto a la misma hora que ellos, les sorteo con habilidad en la cocina a la hora de aprovisionarme y desayuno en la terraza con la excusa del fresquito.
Pasa la mañana en el trabajo y llego y  -aunque la piscina se ha de secar hasta poder llenarla y bañarse- las paredes lucen con un azul esplendoroso. Es el mismo esplendor que falta en las caras de todos, un tanto ajados por el madrugón y la tarea.

En la comida de ese día el suegro comenta que tiene un montón de tomates por el huerto y que habrá que recogerlos. Todos ponen la misma cara que cuando el anuncio de la piscina. En ese momento, noto que una extraña fuerza guasona se apodera de mí y me hace decir: “Pues por la mañana, eso desde luego, es cuando mejor se hacen las cosas,  está claro…”.

Pero esta vez me fallan los cálculos y cambian las tornas. Los rostros se fijan en mí con ferocidad, se levantan empuñando los cubiertos….

(Continuará. Saludos apurados)

La escandalera valenciana.

Publicado: 17 marzo, 2011 de Frankie en Devaneos, Placeres que atormentan

Fallas masivas, oh, cielos.

Eranse que se eran las doce treinta o así y ya estaba pactada la estampida general en la empresa/cueva donde oro y laboro, ejem. Que ya están  plantadas las Fallas, una en cada cruce y la tarde de hoy, así como la jornada de mañana, la tendremos libre. De esta manera, nos podremos empapar bien de humo, ruido y de algún petardo que nos tire un malasombra.

Yo no he podido dormir nada esta noche, por la verbena de los cojones.  Bajé en pijama a la calle a protestar.  Solo habían cuatro borrachos a las cuatro de la mañana y el altavoz a toda pastilla. Le mandé  un correo (1) a la alcaldesa para quejarme ..”

Es la queja de quien, además de ingenuo y  encantador (1), no encontrará sitio para aparcar cuando llegue a la zona donde reside. Eso, a no ser que sea un campeón consumado del Tetris.
Porque cuando una falla ocupa un cruce, las calles a ambos lados experimentan el aventamiento masivo de los vehículos estacionados. Los avisos preventivos, así como las grúas y el temor a los petardos, hacen huir a quien más tarde no podrá estacionar por ningún lado.

Pero ya llegamos. La entrada en la ciudad nos muestra síntomas de locura. Vallas inesperadas y rutas que ya no sirven. Gente atolondrada cruzando en masa delante de los coches, confiando todos en que TÚ no querrás asesinarlos…Y, sobre todo e involuntariamente, rezas. Rezas para que no hayan inutilizado el acceso a ese garage que te sale por un riñón mensual, oh, por favor. Con esa policia local saturada e inoperante que padecemos estos días…

Pero bueno, es llegar a casa y las urgencias te consumen: ...Va, rápido, que la mascletá empieza en media hora, corre…”

Mascletá: Detonación insensata de mucha polvora, en crescendo, de manera cafre y finalizando con un terremoto final (Definiciónes para foráneos. Cap. V). Una tía mía de Burgos vino de visita y quería salir corriendo, pensando que era un bombardeo o una acción terrorista, ay. ..no sabía que cada falla, en  cada calle, explota la suya propia todos los mediodías…

La del Ayuntamiento, como es obvio, es la más brutita y concurrida. Antes de que comience ya se alcanzan allí densidades humanas similares a las de Hong-Kong y Sanghai. Te vas adentrando y adentrando, para saborear más el ruido. Y al hacerlo, constatas que todos persiguen lo mismo que tú.

El resultado es que las cuentas no salen y en algún momento se alcanza el número crítico. En ese instante, frenas y vas siendo comprimido por las oleadas de ruidófilos que vienen  detrás. Obtienes ventajas por el tamaño y la corpulencia, así como por empujar a quien sea mirando hacia otro lado, para despistar.

Total, para lo que dura. Hace años, se limitaron los kilos de pólvora, más que nada porque saltaban las ventanas por los aires, si serán blandengues, aah. Lo que quitan en polvora lo detraen, también, del éxtasis acústico final, muy del gusto local y desestresante en grado sumo. Ese frenesí, ese jalear, cuando el bombardeo arrecia.

Y es acabar y  -si ha sido buena como la de hoy-  los rostros han cambiado. Toda la mala leche y los nervios por pillar sitio ceden paso a las expresiones relajadas y placenteras, así como a la buena educación para ir saliendo de la manada. Es una catarsis barata que te reconcilia con el instante, oooh, que Zen, por dioss.

Un saludín ruidoso. Sí, ya lo sé,  está lo de Japón, Libia, la Crisis, uuf…

Mintiendo al enemigo.

Publicado: 17 febrero, 2011 de Frankie en Doctor Perogrullo, Placeres que atormentan

Frecuencia coital sana.

Dos veces por semana , cosa sana  pero  -también y si no  hay remedio- una vez al mes bueno es. Y que si lo haces una al año nos ha jodido,  que no hace daño. Si la cosa sale a más de un “ataque” por día, por supuesto que quien cuenta esto tiene mucha, pero que mucha fantasía.

De toda este asunto, fascinante y húmedo,  nada se sabía décadas atrás, salvo por parte de las élites del fornicio, constituidas por algunos  -solo algunos-  miembros de la clases altas, artistas, poetas y esas bestias rurales del sexo que arrasaban con todo, en los silencios estruendosos del aislamiento rural de nuestras comarcas.

Pero la cultura todo lo quiere socializar, porque vivir en sociedad es compararse con otros. Y para comparar se pregunta. Hoy, estando convaleciente de un gripazo que arrastro ya media semana, van y me llaman al teléfono para encuestarme, tooma.

Era una mujer que aparentaba seriedad  y pretendía relacionar  -según me soltó después-  ideología con frecuencia de apareamiento, por encargo de la empresa Tontoscopia propiedad, creo, del Grupo Prisa (no, no se llama así la empresa, ya lo sabéis, pero me niego a llamarles de otra manera)

Bueno, me saltaré la presentación y ciertas preguntas generales sobre status social y a quién suelo votar. Bueno, esto último no me importa decirlo, pero como llevo alguna que otra convocatoria faltando a las urnas le dije que voté a Santa Asunción, patrona de la abstención.

“¿Como? ¿perdón?” preguntó con cierta voz de alarma y fastidio.  “Naada, que me abstengo”. Esto parecía frustrarle y escucho ruido de hojas pasando. “¿Pero a quien votaría estas próximas elecciones de hacerlo?”.  Aquí es donde pensé de forma creativa y decidí crear un perfil forzado para reventarles el análisis.

“Votaría al PP, claro”.  “Al partido popular, entonces” repitió ella,  revelando notable sagacidad al interpretar las siglas. “¿Y es usted creyente?” añadió. Y me sorprendió que fuera esta la primera cosa que quisiera saber.

“Pues si, de misa diaria”, le digo. Y va y me creyó la tía, ja, ja. Toda una encuestadora  de campo incapaz de pillar la ironía de un tono de voz, dios, dios. “¿Y está casado por la iglesia o vive en pareja?”. Y yo: “sí”.  Y ella: “Perdón, sí ¿qué?”. Y yo, otra vez: “¿Qué, de qué?”. Literal y como lo cuento. La voz y el tono de marisabidilla estimulaban mi sadismo, sabedor de que ella estaba obligada a guardarme respeto.

“Que si es creyente como dice estará casado por la Iglesia. ¿O no?”. Y yo: “No”. Noté un suspiro al otro lado…“¿Está casado por lo civil, pues?”. Estuve a punto de contestarle “pués”, pero me contuve,  tan borde no soy.

“No, mire, nos casarán a varias parejas en la ceremonia episcopaliana española”. Tooma trola gorda. Mi voz nasal y la tos me impedían reirme y notaba como ella pasaba varias hojas, buscando algún posible guión que la apoyara. “Eeh, un momentito, Sr. Frankie…a ver..”. Y yo: “¿Un momenti-to para qué?”, así, con las vocales bien claritas, al estilo de las abuelas bordes.

“Noo, que es la primera vez que alguien se adscribe a esta religión entre todos los que encuestamos. Eso es un culto católico ¿no?” dijo con esperanza. Y yo pensé: “La leche que te dieron”. Si no fuera por el evidente tono de respeto y de automatismo profesional, casi diría que era ella la que se cachondeaba ahora.

“Noo, por favor, señorita que somos protestantes”. Presentí en ese momento una subida de color en su rostro, no sé porqué. “Aah, perdone. Es que verá, pretendemos averiguar los hábitos sexuales según creencias o ideología”. ..Yo no podía alucinar más, buuf.  No daba crédito a que me revelaran el objetivo de la encuesta con semejante candidez. “Y pensar que esto puede acabar en algún medio de comunicación, presentado con ínfulas científicas…” me dije.

“Mire -dije harto ya de ella- abogamos por no catar bocado hasta el matrimonio. Una vez consumado este nos dedicamos a repoblar la Tierra como dijo nuestro Señor, copulando como animales enloquecidos en una orgía de lujuria sin freno..”

Como es obvio, al decir esto colgué enseguida. Aún me pregunto porqué llegué tan lejos con esta chorrada y me sabe mal por esta persona, dándome vergüenza,  ay.

Quiero pensar que la fiebre y la frustración de tener gripe fueron los responsables. Y que esta encuestadora no era real, que fue producto de un delirio.  Que no me diga nadie que las estadísticas con las que nos desayunamos tienen como trasfondo la incultura absoluta de los que las hacen. Y perdóname, encuestadora anónima.

Saludines. Episcopalianos, jeje.